lole Cuentos para niños de 2 a 10 años
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Pulgarcita

Hans Christian Andersen
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Tiempo estimado de lectura: 4 min

Había una vez una mujer que deseaba con todo su corazón tener una hija pequeñita. Un día, una anciana amable le regaló una semilla especial. La mujer la plantó con mucho cuidado y, poco después, de la flor que creció salió una niña tan pequeña que cabía en una cáscara de nuez. La llamaron Pulgarcita.

Pulgarcita dormía en una cama de pétalos y nadaba en una concha sobre el agua. Cantaba canciones suaves junto a la ventana, y las mariposas y grillos la escuchaban.

Una noche, mientras Pulgarcita dormía, apareció un sapo curioso. Vio a Pulgarcita y pensó que sería una gran amiga para su hijo.

—¡Qué niña tan especial! —dijo el sapo.

Sin hacer ruido, llevó a Pulgarcita sobre una hoja hasta el centro del estanque.

Al amanecer, Pulgarcita despertó rodeada de agua. El joven sapo la miraba con ojos grandes.

—Viviremos juntos en el barro —dijo el sapo.

Pulgarcita no quería quedarse allí. Una familia de peces la escuchó llorar y decidió ayudarla. Royeron el tallo de la hoja y, poco a poco, la hoja empezó a flotar lejos del estanque.

Pulgarcita viajó por el agua, saludando a las libélulas y a los patos que nadaban cerca.

De pronto, una mariposa se posó en la hoja y le habló.

—¿Dónde vas, Pulgarcita? —preguntó la mariposa.

—Busco un lugar donde ser feliz —respondió Pulgarcita.

La mariposa ató su cuerda a la hoja y voló, arrastrando suavemente a Pulgarcita por el río.

Pero entonces, un escarabajo muy curioso la vio y bajó volando.

—¡Qué niña tan extraña! —dijo el escarabajo, llevándosela a lo alto de un árbol.

Pulgarcita saludó a los insectos, pero ellos se alejaron, diciendo que era distinta.

Pulgarcita se sintió sola, pero decidió buscar su propio camino.

Saltó de la hoja y caminó por el bosque, hasta llegar a un campo de flores. Allí vivió un tiempo, alimentándose de miel y durmiendo bajo las estrellas.

Cuando llegó el frío, Pulgarcita temblaba y buscó refugio. Encontró la entrada de una acogedora madriguera. Dentro, vivía una ratoncita amable.

—Puedes quedarte conmigo hasta que vuelva el sol —dijo la ratoncita.

Pulgarcita ayudaba a la ratoncita a limpiar y contar historias. Un día, la ratoncita le presentó a un topo vecino.

—En mi túnel todo es tranquilo —dijo el topo—. Aquí nunca tendrás frío.

Pulgarcita agradeció, pero no quería vivir siempre bajo tierra. Soñaba con el sol y las flores.

Un día, recorriendo un túnel, Pulgarcita encontró a una golondrina herida. La cuidó con paciencia.

—Gracias, Pulgarcita —dijo la golondrina—. Cuando llegue la primavera, te llevaré donde quieras.

Cuando el sol calentó la tierra, la golondrina abrió sus alas.

Pulgarcita se subió en su lomo, y juntas volaron sobre campos y ríos, hasta llegar a un lugar lleno de flores enormes.

Allí, Pulgarcita vio a un pequeño príncipe de las flores, tan pequeño como ella.

—¿Quieres vivir aquí y cuidar el jardín conmigo? —preguntó el príncipe.

Pulgarcita sonrió y decidió quedarse.

Cada día, Pulgarcita regaba las flores y conversaba con las mariposas. Cuando caía la tarde, se escuchaba su risa entre los pétalos y el suave batir de alas al volar.

Esa noche, el aire olía a jazmín. Pulgarcita se acomodó entre las flores y, poco a poco, se quedó dormida bajo la luz de la luna.