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Érase una vez una familia humilde que vivía junto a un gran bosque. Tenían muchos hijos, pero el menor era tan pequeño que su familia le decía Pulgarcito. Aunque era pequeño, Pulgarcito era muy listo y siempre prestaba mucha atención a todo.
Un día, la familia necesitaba leña para el fuego, así que la madre les pidió a los hermanos que fueran a buscar ramas secas. Los siete se adentraron en el bosque temprano por la mañana, riendo y jugando mientras juntaban leña.
Cuando el sol empezó a bajar, los niños se dieron cuenta de que ya no sabían el camino de regreso a casa. Las sombras crecieron entre los árboles y todo parecía igual. Los hermanos mayores trataban de recordar el camino, pero solo se confundían más.
—No se preocupen, encontraremos el camino juntos —dijo Pulgarcito, mirando a su alrededor con atención.
Pulgarcito recogió pequeñas piedritas blancas y fue dejándolas en el suelo, una tras otra, formando un sendero. Pronto, los hermanos lo siguieron, y así, poco a poco, regresaron a casa. La madre los abrazó al verlos, aliviada.
Pero unos días después volvieron a buscar leña. Esta vez, Pulgarcito no pudo encontrar piedras, así que fue dejando migas de pan para marcar el camino.
Cuando quisieron regresar, Pulgarcito buscó las migas… pero los pájaros del bosque se las habían comido. Los niños estaban cansados y empezó a oscurecer.
—No te preocupes —dijo Pulgarcito—, encontraremos un lugar donde pasar la noche.
Caminando juntos, vieron a lo lejos una luz entre los árboles. Era una casa pequeña, y desde la ventana salía un brillo cálido. Los niños se acercaron y tocaron la puerta.
—¿Quién anda ahí? —preguntó una señora amable al abrir.
—Somos siete hermanos perdidos —explicó Pulgarcito—, ¿podemos quedarnos hasta que amanezca?
—Claro, pasen y descansen —dijo la señora, y los invitó a entrar.
Cuando todos dormían, Pulgarcito oyó unos pasos pesados y una voz grave que retumbaba por la casa.
—¿Quién está aquí? —preguntó el dueño de la casa, un gigante de botas enormes.
Pulgarcito sintió miedo, pero tuvo una idea. Esperó a que el gigante estuviera dormido y notó que cerca de la cama había unas botas mágicas que permitían caminar a grandes pasos.
—Si uso esas botas, podré llevar a mis hermanos lejos de aquí —pensó Pulgarcito.
Sin hacer ruido, Pulgarcito tomó las botas y se las puso. Le quedaban enormes, pero con esfuerzo logró caminar. Despertó suavemente a sus hermanos.
—Vengan, síganme despacio —les susurró.
Caminaron juntos, y las botas mágicas hacían que avanzaran mucho más rápido. Cuando el sol asomó entre los árboles, los siete hermanos ya estaban muy lejos de la casa del gigante.
Finalmente, salieron del bosque y vieron la casa de su familia a lo lejos. Corrieron alegres y su madre los recibió entre abrazos y lágrimas de felicidad.
Pulgarcito dejó las botas mágicas en la puerta, y todos compartieron pan y leche alrededor del fuego.
Aquella noche, Pulgarcito se quedó mirando el resplandor de las llamas, y sus hermanos se acurrucaron a su lado, muy cerca, escuchando el crujido suave de la leña mientras el sueño los iba envolviendo.