lole Cuentos para niños de 2 a 10 años
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La Cenicienta

Charles Perrault
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Tiempo estimado de lectura: 4 min

Había una vez una joven llamada Cenicienta que vivía con su madrastra y sus dos hermanastras. Ellas la hacían trabajar día y noche: barría, limpiaba y cocinaba, mientras que las demás solo se ocupaban de verse bonitas. Pero a pesar de todo, Cenicienta siempre tenía una sonrisa amable.

Un día, llegó una invitación del palacio: el rey daba un gran baile y todas las jóvenes del reino estaban invitadas. Las hermanastras se emocionaron mucho.

—¡Yo usaré mi vestido rosa! —dijo una.

—¡Y yo mis zapatos nuevos! —añadió la otra.

Cenicienta también deseaba ir al baile.

—¿Podría ir yo también? —preguntó.

—¿Tú? —respondieron riendo sus hermanastras—. No tienes vestido ni zapatos bonitos.

La madrastra decidió darle aún más tareas para que no tuviera tiempo de prepararse. Cenicienta terminó agotada y, cuando intentó arreglar su vestido viejo, sus hermanastras se burlaron y le dijeron que ni pensara en ir.

Aquella noche, cuando todas se fueron al baile, Cenicienta se sentó junto al fuego y empezó a llorar.

—Si tan solo pudiera ir... —susurró.

De pronto, apareció su hada madrina.

—No llores, querida —dijo el hada madrina—. Tú también irás al baile.

Tocó la calabaza del jardín con su varita y ¡zas!, se convirtió en un hermoso carruaje. Después, transformó unos ratones en caballos y un lagarto en cochero. Por último, tocó el vestido de Cenicienta, y se volvió resplandeciente, con zapatos de cristal.

—Recuerda —dijo el hada madrina—, debes regresar antes de la medianoche. Cuando el reloj marque las doce, todo volverá a ser como antes.

Cenicienta subió al carruaje y partió al palacio.

Cuando llegó, todos quedaron asombrados por su belleza y elegancia. El príncipe no pudo dejar de mirarla y la invitó a bailar.

—¿Bailarías conmigo? —le preguntó.

—Sí, con gusto —respondió Cenicienta.

Bailaron durante toda la noche. Nadie la reconoció, ni siquiera sus hermanastras.

De pronto, el reloj comenzó a dar las doce campanadas. ¡Dong! ¡Dong! ¡Dong!

Cenicienta recordó la advertencia de su hada madrina. Soltó la mano del príncipe y corrió por las escaleras, tan rápido que uno de sus zapatos de cristal quedó atrás.

El príncipe lo recogió y miró hacia la puerta, pero Cenicienta ya había desaparecido.

Al día siguiente, el príncipe recorrió el reino con el zapato. Declaró que se casaría con quien pudiera calzarse ese pequeño zapato de cristal.

Las hermanastras de Cenicienta lo intentaron, cada una a su turno.

—¡Es mío! —decía una, empujando el pie.

—¡No, me toca a mí! —insistía la otra.

Pero ninguna pudo ponérselo. Cuando llegó el turno de Cenicienta, su madrastra intentó impedirlo, pero ella se adelantó.

—¿Puedo probarme el zapato? —preguntó.

El príncipe asintió. Cenicienta se puso el zapato... ¡y le quedó perfecto! Sacó el otro zapato de su bolsillo y se lo puso.

El príncipe sonrió y, juntos, salieron del lugar. Las hermanastras se quedaron boquiabiertas, sin poder decir nada.

Ya en el carruaje, Cenicienta miró por la ventana. El sol brillaba sobre el castillo y las campanas sonaban a lo lejos. Su vestido resplandecía y su sonrisa era más grande que nunca.