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Había una vez seis amigos que no podían ver, pero les encantaba imaginar el mundo usando sus manos. Un día, escucharon que había un animal enorme llamado elefante en el pueblo. Nunca habían sentido uno, así que se acercaron juntos para conocerlo.
Cuando llegaron, el cuidador del elefante los invitó a acercarse y tocarlo, cada uno escogiendo una parte diferente.
—¡Esto es como una gran muralla rugosa! —dijo el primero, tocando el costado del elefante.
—¡No, no! —dijo el segundo, abrazando una pierna—. Es como un árbol fuerte y redondo.
—¡Están equivocados! —dijo el tercero, tocando la trompa—. Es como una serpiente muy gruesa y larga.
—¡No, no! —insistió el cuarto, sosteniendo la cola—. Es como una cuerda peluda, lo siento aquí mismo.
—Tengo razón, es como un abanico grande —dijo el quinto, moviendo la oreja del elefante.
—Para mí es como una lanza suave —dijo el sexto, tocando el colmillo.
Los seis amigos empezaron a discutir, cada uno seguro de que tenía la razón sobre cómo era el elefante.
—Amigos, vamos a escuchar a todos —dijo el primero, deteniendo la discusión—. Tal vez, el elefante tiene muchas formas diferentes.
—Sí —dijo el segundo—. Cada uno tocó una parte. El elefante es todo eso junto.
—Me gusta —dijo el tercero—. Así, nadie se equivoca y todos aprendemos juntos.
Entonces, los seis amigos se tomaron de las manos y rodearon al elefante. Tocaron juntos su costado, su trompa, sus patas, su oreja, la cola y los colmillos. Rieron, exploraron y compartieron lo que sentían.
El elefante disfrutó las caricias y movió la trompa suavemente sobre sus hombros. Al sol, su sombra tapaba a los seis amigos, que se sentaron juntos a descansar.
El elefante agitó las orejas y el viento les hizo cosquillas en la cara. Uno por uno, los amigos apoyaron la cabeza en el costado del elefante y cerraron los ojos.
Pronto, solo se escuchaban respiraciones tranquilas y el suave resoplido del elefante.