lole Cuentos para niños de 2 a 10 años
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Robin Hood

Leyenda inglesa
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Tiempo estimado de lectura: 5 min

En un bosque muy antiguo, vivía un arquero valiente y astuto llamado Robin Hood. Junto a sus amigos, los alegres compañeros, Robin Hood ayudaba a los que menos tenían y desafiaba siempre al cruel sheriff del condado.

Un día, una noticia llegó al bosque: el sheriff iba a organizar un gran torneo de arqueros en la ciudad. El premio sería una flecha de oro y mil monedas. Pero todos sabían que el sheriff solo buscaba atrapar a Robin Hood.

—¿Vas a ir al torneo, Robin? —preguntó su amigo Juan el Grande, un hombre amable y fuerte.

—Claro que sí, Juan —respondió Robin Hood con una sonrisa—. No puedo dejar que el sheriff siga creyendo que puede atraparme con sus trampas.

Robin Hood decidió disfrazarse para no ser reconocido. Se vistió como un anciano con barba blanca y ropas parchadas. Sus amigos también se disfrazaron y todos marcharon hacia la ciudad, mezclándose entre la multitud.

Frente al campo de tiro, el sheriff miraba con ojos atentos a cada arquero.

—Atrapen a Robin Hood si se atreve a presentarse —ordenó el sheriff a sus guardias.

El torneo comenzó. Uno a uno, los arqueros lanzaron sus flechas. Algunos acertaban cerca del centro, otros fallaban por poco. Cuando fue el turno de Juan el Grande, disparó con fuerza y su flecha quedó muy cerca del blanco.

—¡Buen tiro, Juan! —le susurró Robin.

Llegó el momento de Robin Hood. Nadie sospechaba del anciano encorvado que subía al estrado con pasos lentos. Robin tomó el arco con manos firmes y apuntó al centro del blanco.

—¿Quién es ese viejo? —susurraron algunos en la multitud.

Robin disparó. Su flecha voló y se clavó justo en el centro. Todos se quedaron en silencio por un instante, sorprendidos por su puntería.

—¡Bravo! —exclamó una voz entre el público.

El sheriff frunció el ceño. No le gustaba perder, pero no podía negar que el anciano era el mejor arquero del torneo.

—Ese tiro fue pura suerte —decía mientras se acariciaba la barbilla.

Para decidir al ganador, el sheriff propuso un último tiro entre los mejores arqueros. Juan el Grande disparó primero. Su flecha quedó pegada al centro. Pero Robin Hood, con una mirada astuta, pidió usar su propia flecha. El sheriff aceptó, confiado.

Robin apuntó con calma y soltó la cuerda. Su flecha voló tan recta que partió en dos la flecha de Juan, quedando en el mismísimo centro del blanco.

—¡Hurra por el anciano! —gritaron los espectadores.

El sheriff palideció. Algo en la manera de disparar le resultaba conocido. Ordenó a sus guardias acercarse y descubrir quién era el misterioso arquero.

—¡Atrápenlo! —ordenó con voz fuerte.

Robin Hood no esperó. Hizo una reverencia, tomó el premio y corrió por un pasadizo entre la gente. Sus amigos lo siguieron, mientras los guardias empujaban y tropezaban entre la multitud.

El sheriff gritaba, pero Robin y sus compañeros corrían ligeros como el viento. Por tres veces los guardias estuvieron a punto de alcanzarlos, pero Robin siempre encontraba un nuevo atajo.

—¡Por aquí, Robin! —llamó Juan desde detrás de una carreta.

Saltaron una valla, cruzaron un mercado y se deslizaron bajo una mesa de frutas. Los vendedores los miraban con sorpresa, pero nadie los delató.

Ya cerca del bosque, Robin se quitó la barba y las ropas viejas.

—¡Lo logramos! —dijo, mostrando la flecha de oro.

—Sabía que nadie podía vencerte, Robin —respondió Juan con orgullo.

Los amigos se reunieron bajo un gran roble. Compartieron el premio con los habitantes del bosque y rieron juntos, recordando cómo habían burlado al sheriff una vez más.

La luz del atardecer pintaba el bosque de naranja y dorado. Robin colgó la flecha de oro en la rama más alta del roble. Los niños jugaban a imitar el tiro de Robin. Las risas y voces se mezclaban con el canto de los pájaros, mientras el sol se escondía tras los árboles.