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Juan sin miedo

Hermanos Grimm
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Tiempo estimado de lectura: 4 min

Había una vez un muchacho llamado Juan, a quien todos llamaban Juan sin miedo. Desde pequeño, nunca tuvo miedo de nada. Ni de la oscuridad, ni de los ruidos extraños, ni siquiera de las historias de monstruos que les contaban a sus amigos por las noches. Su hermano mayor, sorprendido, le preguntaba:

—¿De verdad nunca tienes miedo, Juan?

—No, nunca. Ni un poquito —decía Juan, encogiéndose de hombros.

Un día, su padre le dijo:

—Juan, deberías aprender qué es el miedo. Quizás te ayude algún día.

Así que Juan decidió salir al mundo y conocer el miedo por sí mismo. Caminó por el pueblo, preguntando a todos:

—¿Dónde puedo aprender a asustarme?

Un anciano le contó que, en el castillo de la colina, nadie aguantaba una noche entera. Decían que sucedían cosas muy extrañas allí. Juan, emocionado, fue directo al castillo.

El rey estaba buscando a alguien valiente que durmiera allí tres noches seguidas, y quien lo lograra recibiría un gran premio.

—Majestad, quiero dormir en el castillo. ¿Me deja intentarlo?

El rey, asombrado de ver a Juan tan decidido, aceptó. Así comenzó la primera noche.

Juan entró al castillo con una linterna y una silla. Se sentó en el gran salón y esperó.

De pronto, escuchó pasos y voces extrañas. Tres ratones aparecieron, arrastrando una bolsa de nueces.

—¿Juegas con nosotros? —preguntó el ratón más grande.

—¡Claro! —dijo Juan— Pero sólo si puedo quedarme con las nueces que gane.

Jugaron a las canicas con las nueces, se rieron y charlaron. Al amanecer, los ratones se despidieron y Juan se quedó dormido en su silla.

La segunda noche, Juan llevó una manta, porque el castillo era frío. Cuando se acomodó, escuchó un portazo y vio cómo entraban tres gatos disfrazados con sábanas.

—¡Buuu! ¡Venimos a asustarte! —maulló uno, agitando la sábana.

—Si me ayudan a contar historias de miedo, tal vez lo logren —dijo Juan.

Los gatos se sentaron a su alrededor. Uno contó la historia de un ratón valiente, otro habló de un queso gigante y el último, de un ratón que quería volar. Juan no sintió miedo, pero sí mucha risa, y hasta los gatos terminaron rodando por el suelo de tanto reír.

Llegó la tercera noche. Esta vez, Juan llevó una almohada. Cuando estaba listo para dormir, escuchó un estruendo. Tres búhos entraron volando, cada uno con una máscara cómica.

—¡Ahora sí te asustarás! —ululó el búho del medio.

—Sólo si me enseñan a hacer esas caras tan chistosas —dijo Juan.

Los búhos empezaron a hacer muecas y a bailar. Juan intentó imitarlos y pronto todos estaban girando y saltando, con plumas volando por todas partes.

El ruido fue tan grande que el reloj del castillo empezó a dar las doce campanadas.

Al terminar la última, todos los animales se cansaron y se sentaron junto a Juan, bostezando.

Por la mañana, el rey entró y no podía creer lo que veía: Juan dormía rodeado de ratones, gatos y búhos, todos usando máscaras y sonriendo incluso dormidos.

El rey le preguntó:

—¿Al fin sentiste miedo, muchacho?

—No, pero aprendí a reírme mucho y a hacer nuevos amigos.

Juan recogió su linterna, su manta y su almohada. Salió del castillo, imitando la mueca más graciosa de los búhos.

Los ratones y los gatos lo siguieron hasta la puerta, agitando sus patitas.

El eco de sus risas quedó flotando en los pasillos, y si alguien entra al castillo en la noche, aún puede ver máscaras colgadas y oír, muy bajito, un par de carcajadas.