¿Querés leer el cuento vos? Acá lo tenés completo
Había una vez, en un reino lejano, un joven llamado Pedro. Era hijo de un humilde jardinero del palacio y desde pequeño soñaba con ver el mundo más allá de los muros del castillo. Un día, mientras ayudaba a su padre, Pedro vio llegar a la plaza a un comerciante que ofrecía animales extraños. Entre ellos, brillando bajo el sol, había un caballo distinto a todos: su pelaje era blanco y sus grandes alas relucían como estrellas.
Muchos se acercaron a ver al caballo volador, pero nadie se atrevía a montarlo. El comerciante decía:
—Este caballo solo obedece a un corazón valiente.
Pedro, curioso, se acercó. El caballo extendió sus alas y relinchó suavemente. Sin pensarlo, Pedro subió a su lomo. El comerciante sonrió y le entregó las riendas.
—Solo di: “¡Arriba, Pegaso!” y volará donde quieras.
Pedro, maravillado, acarició la crin y murmuró:
—¡Arriba, Pegaso!
De inmediato, el caballo alzó el vuelo. Pedro sintió el viento en el rostro y el mundo se hizo pequeño bajo sus pies. Volaron sobre bosques, ríos y montañas. Pedro reía y Pegaso relinchaba de alegría.
Al regresar al reino, Pedro encontró a la princesa Aurora en el jardín. Estaba triste porque su pájaro cantor había desaparecido. Pedro decidió ayudarla.
—No te preocupes, princesa. Buscaré a tu pájaro con Pegaso.
Aurora sonrió esperanzada. Pedro subió al caballo y gritó:
—¡Arriba, Pegaso!
El caballo alzó vuelo de nuevo. Buscaron en los árboles más altos, en los campos dorados y junto al río plateado. Al atardecer, vieron al pájaro cantor atrapado entre unas ramas. Pedro descendió suavemente y liberó al animalito. El pájaro trinó agradecido y voló junto a ellos de regreso al palacio.
La princesa abrazó a su pájaro y a Pedro.
—Gracias, Pedro. Eres muy valiente.
Al día siguiente, el rey anunció un gran torneo: quien trajera el fruto dorado del árbol encantado, ganaría una recompensa. Muchos caballeros lo intentaron, pero el árbol estaba en un valle lejano, rodeado de montañas y nubes.
—¿Intentarás tú también? —le preguntó Aurora a Pedro.
—Sí, princesa. Lo haré.
Pedro montó a Pegaso, pronunció las palabras mágicas y voló hacia el valle. Llegó al árbol encantado, cubierto de hojas brillantes y frutos dorados. Pero el árbol era altísimo y el viento soplaba fuerte.
Pedro buscó la forma de alcanzar el fruto. Subió a la rama más baja, pero se resbaló. Entonces, pensó en usar las riendas de Pegaso para hacer un lazo.
—Pegaso, acércate despacio.
El caballo agachó el cuello. Pedro lanzó el lazo y atrapó el fruto dorado. En ese momento, una bandada de pájaros apareció, haciendo un gran alboroto.
Los pájaros chillaron tan fuerte que el árbol entero vibró y cientos de hojas doradas cayeron revoloteando a su alrededor.
Pedro se cubrió los ojos por un instante y luego sujetó el fruto con fuerza. Subió a Pegaso y regresó volando al palacio, mientras las hojas caían como lluvia dorada detrás de él.
El rey y la princesa vieron a Pedro llegar con el fruto dorado en la mano. Todos aplaudieron. El rey sonrió.
—Has demostrado valor e ingenio. ¿Cuál es tu deseo?
—Quiero vivir aventuras y ayudar a quienes lo necesiten.
El rey estuvo de acuerdo y le entregó un mapa de todos los caminos del reino.
Pedro abrazó a Pegaso y juntos volaron hacia el horizonte. Aurora agitó la mano desde la torre más alta del castillo, mientras el caballo desaparecía entre las nubes. Una hoja dorada cayó sobre el césped y brilló bajo la luz del sol.
Al final del día, el caballo volador descansaba bajo un gran árbol, y Pedro, mirando las estrellas, soñaba con nuevas aventuras.