lole Cuentos para niños de 2 a 10 años
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La ratita presumida

Tradicional español
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Tiempo estimado de lectura: 3 min

Había una vez una ratita que un día, mientras barría la puerta de su casa, encontró una moneda brillante. Se quedó mirándola y pensó en voz alta:

—¿Qué compraré? ¿Un caramelo? ¿Un pañuelo? ¿Un lazo para mi cola?

Pensó y pensó, hasta que decidió comprar un lazo rojo para atarse en la punta de la cola. Lo llevó con mucho orgullo y, desde ese día, todos los animales que pasaban por su casa se quedaban admirados. Pronto, empezaron a acercarse para pedirle casamiento.

El primer visitante fue el gallo. Caminó hasta la puerta y dijo:

—Ratita, ratita, qué linda estás hoy. ¿Te quieres casar conmigo?

—¿Y qué harás por las noches? —preguntó la ratita.

—¡Cantaré kikirikí toda la madrugada!

—Uy, no puedo dormir con tanto ruido. No me caso contigo.

Al día siguiente, llegó el perro moviendo la cola.

—Ratita, ratita, qué bonito lazo llevas. ¿Te quieres casar conmigo?

—¿Y qué harás por las noches?

—¡Ladraré guau, guau para cuidar la casa!

—No, no podría descansar. No me caso contigo.

Luego fue el turno del burro, que se acercó y preguntó:

—Ratita, ratita, qué elegante estás. ¿Quieres casarte conmigo?

—¿Y qué harás por las noches?

—¡Rebuznaré iiii-aaaaa para que nadie se acerque!

—Gracias, pero tampoco podré dormir. No me caso contigo.

Así fue pasando uno tras otro: el pato, la cabra y el gato. Todos decían los sonidos que harían por la noche. Ninguno convencía a la ratita, que solo deseaba dormir tranquila.

Finalmente, apareció el ratón, pequeñito y amable. Se paró frente a la puerta y preguntó con voz suave:

—Ratita, ratita, he venido a verte. ¿Te gustaría casarte conmigo?

—¿Y qué harás por las noches?

—Dormiré a tu lado, sin hacer ruido, para soñar juntos.

—¡Eso sí me gusta! —exclamó la ratita, muy feliz.

Todos los animales del barrio se acercaron para felicitar a la ratita y al ratón. Prepararon una gran fiesta, con música y pastel. La ratita decidió decorarlo todo con lazos de colores y flores frescas.

De repente, al dar las doce campanadas del reloj, todos los invitados aplaudieron y cantaron.

La ratita bailó con su lazo rojo en la cola, girando y riendo bajo las luces. El ratón le alcanzó una flor, y juntos saltaron al compás de la música suave.

Cuando la fiesta terminó, la ratita y el ratón se sentaron en la entrada de la casita, mirando cómo las luciérnagas volaban alrededor.

Poco a poco, las luces de la casa se fueron apagando, una tras otra.

Finalmente, solo se oía el suave susurro de dos pequeños ratones, soñando bajo la misma manta.