lole Cuentos para niños de 2 a 10 años
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Rapunzel

Hermanos Grimm
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Elegí tu voz

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Tiempo estimado de lectura: 4 min

Había una vez una niña llamada Rapunzel, que tenía el cabello dorado y muy largo, tan largo que llegaba hasta el suelo. Desde pequeña, vivía en lo alto de una torre sin puerta, solo con una ventana, en medio de un bosque verde y tranquilo.

La torre era tan alta que nadie podía trepar por ella, salvo la bruja que cuidaba de Rapunzel. La bruja había criado a la niña desde bebé y, cada vez que quería entrar, se acercaba al pie de la torre y decía:

—Rapunzel, Rapunzel, deja caer tu cabello.

Entonces Rapunzel soltaba su cabellera por la ventana, y la bruja subía por ella como si fuera una cuerda, con mucho cuidado de no lastimar a la niña.

Así pasaban los días, uno igual al otro, con Rapunzel peinando su cabello y mirando el bosque desde arriba. Cantaba canciones, hablaba con los pájaros y soñaba con ver el mundo más allá de su ventana.

Un día, un joven viajero cruzó el bosque y escuchó la voz de Rapunzel. Se detuvo, maravillado, y buscó de dónde venía ese canto. Al acercarse, vio la torre y esperó escondido entre los árboles.

Pronto apareció la bruja y, al pie de la torre, llamó:

—Rapunzel, Rapunzel, deja caer tu cabello.

El viajero vio cómo la cabellera dorada caía y la bruja subía ágilmente. Cuando ella se fue, el viajero esperó hasta la tarde y se atrevió a imitar la voz de la bruja.

—Rapunzel, Rapunzel, deja caer tu cabello.

La niña, sin imaginar nada, soltó su cabellera. El viajero subió despacio y, al llegar arriba, Rapunzel se asustó un poco.

—¿Quién eres? —preguntó, con asombro.

—No temas, escuché tu canto y quise conocerte. ¿Te gustaría ver el mundo fuera de la torre?

Rapunzel pensó y pensó. Ella misma contestó, con decisión:

—Sí, pero no sé cómo bajar. La bruja es la única que sube y baja.

—Si me das un poco de tu cabello cada vez que venga, haré una cuerda fuerte. Así, un día podremos bajar juntos.

Rapunzel aceptó. Cada vez que el viajero venía, traía hilos de seda y Rapunzel tejía, día tras día, una larga cuerda, escondiéndola bajo su cama.

Pero una tarde, la bruja descubrió que a Rapunzel le brillaban los ojos y la encontró tejiendo algo. Rapunzel, valiente, le habló:

—Quiero descubrir el mundo y no quedarme aquí para siempre.

—¿Así que eso quieres? —dijo la bruja—. Pues prepárate, porque hoy mismo me marcho. —Y así lo hizo. Bajó por el cabello de Rapunzel y se fue caminando entre los árboles, sin mirar atrás.

Esa noche, el viajero regresó y Rapunzel le mostró la cuerda terminada. La ataron bien fuerte y, con cuidado, Rapunzel bajó primero. Tocó el pasto, sintió el aire fresco y miró el cielo lleno de estrellas.

—Lo lograste —dijo el viajero, sonriendo.

Juntos caminaron por el bosque, entre risas y asombro. Rapunzel se detuvo a tocar las flores, a escuchar a los grillos, a sentir la tierra bajo los pies.

Aquella noche, Rapunzel se quedó dormida bajo un árbol, envuelta en la cuerda de seda y con su cabello extendido sobre la hierba. Una luciérnaga pasó volando cerca, iluminando suavemente su rostro. El bosque susurraba historias mientras ella soñaba.