lole Cuentos para niños de 2 a 10 años
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Caperucita Roja

Charles Perrault
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Tiempo estimado de lectura: 4 min

Había una vez una niña muy alegre a quien todos llamaban Caperucita Roja, porque llevaba siempre una capa roja que le había hecho su abuela. Un día, su mamá le dijo:

—Caperucita, la abuela está enferma. Por favor, llévale esta canasta con pan y miel. No te apartes del camino y no hables con desconocidos.

Caperucita Roja abrazó a su mamá, tomó la canasta y se fue saltando por el bosque, cantando bajito. Los árboles se inclinaban y los pajaritos la saludaban. De pronto, entre los arbustos, apareció el lobo.

—¿A dónde vas tan contenta, niña? —preguntó el lobo, mostrando sus dientes.

—Voy a casa de mi abuela, a llevarle pan y miel. Vive al final del sendero, junto al roble grande.

—¿Por qué no recoges unas flores para alegrar a tu abuela? Hay muchas por allí —dijo el lobo, señalando un sendero distinto.

Caperucita pensó que sería buena idea. Así que se apartó del camino y empezó a buscar flores de todos los colores. Mientras tanto, el lobo corrió por el sendero principal, directo a la casa de la abuela.

Cuando el lobo llegó, llamó suavemente a la puerta.

—Soy yo, Caperucita —dijo el lobo, imitando la voz de la niña.

—Pasa, querida —respondió la abuela, sin sospechar nada.

El lobo entró. La abuela se sobresaltó al verlo, pero fue muy astuta. Fingió un bostezo.

—Oh, qué sueño tengo... Creo que dormiré un poco. —Y con rapidez, la abuela se escondió dentro de un gran baúl, cerrándolo suavemente.

El lobo, sin notarlo, se puso el gorro de dormir y las gafas de la abuela, y se metió en la cama, cubriéndose hasta la nariz.

Un rato después, Caperucita llegó a la casa, con su canasta y un ramo de flores frescas. Llamó a la puerta.

—Abuelita, soy yo, Caperucita.

—Pasa, querida —respondió el lobo, tratando de sonar dulce.

Caperucita entró y miró a su “abuela” en la cama. Algo le llamó la atención.

—Abuelita, qué voz tan ronca tienes.

—Es por el resfriado, hija —dijo el lobo.

—Abuelita, qué orejas tan grandes tienes.

—Son para oírte mejor, querida.

—Abuelita, qué ojos tan grandes tienes.

—Son para verte mejor.

—Abuelita, qué dientes tan... grandes tienes.

El lobo se sentó en la cama, y con voz fuerte gritó:

—¡Son para...!

Pero en ese momento, la abuela saltó fuera del baúl y tocó la campana de la puerta tres veces, muy rápido.

—¡Socorro! —llamó la abuela.

Un leñador que pasaba cerca escuchó la campana y entró corriendo. Al ver el lío, el lobo se asustó tanto que salió corriendo del cuarto, tropezando con la alfombra y perdiendo el gorro de dormir. Caperucita y la abuela se abrazaron.

—Gracias por ayudarme, abuelita. No debí apartarme del camino.

—No importa, pequeña. Lo importante es que estamos juntas.

El leñador sonrió y se despidió con la mano. Afuera, el lobo corría y corría hasta perderse entre los árboles.

Esa tarde, Caperucita y su abuela compartieron el pan y la miel junto al fuego. El ramo de flores quedó en un jarrón, perfumando la habitación. El sol fue bajando despacito, y la luz dorada llenó la casa.