lole Cuentos para niños de 2 a 10 años
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El soldadito de plomo

Hans Christian Andersen
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Tiempo estimado de lectura: 4 min

Érase una vez veinticinco soldaditos de plomo, todos iguales, menos uno. Este último tenía solo una pierna, porque el molde se quedó sin plomo justo al final. Pero el soldadito seguía firme, con su uniforme brillante y su fusil en el hombro.

El niño que los recibió los puso sobre la mesa, junto a otros juguetes. Entre ellos, había una bailarina de papel con un vestido de tul y los brazos levantados. Giraba sobre un espejo y parecía estar siempre de puntillas en una sola pierna.

El soldadito pensó que ella también tenía una sola pierna y se sintió acompañado. Cada mañana, la miraba desde su sitio.

Una noche, cuando todos dormían, sucedió algo extraño. Un duende travieso del estuche de juguetes asomó la cabeza.

—Soldadito cojo, ¡no deberías mirar tanto a la bailarina! —susurró el duende.

El soldadito no contestó, pero el duende, molesto, decidió hacer una travesura.

Al día siguiente, alguien abrió la ventana y una ráfaga de viento hizo caer al soldadito. Rodó hasta el borde y cayó al jardín.

Allí, el mundo era inmenso, pero el soldadito no perdió la calma. Estuvo toda la noche mirando las estrellas y pensando en la bailarina, que seguía en la mesa, al otro lado de la ventana.

Por la mañana, dos niños lo encontraron.

—¡Mira, un soldadito de plomo! —dijo uno.

Decidieron hacer un barco de papel y pusieron al soldadito dentro. Lo soltaron en una canaleta por donde corría el agua de la lluvia.

El barco navegó por calles y charcos, pasando por túneles y esquinas. El soldadito mantuvo su postura, mirando al frente, sin dejar de pensar en la bailarina.

De pronto, el barco se detuvo. Un gran pez apareció y se tragó el barco con soldadito y todo.

Dentro del pez, todo era oscuro y silencioso. Pero el soldadito no se asustó. Esperó y esperó, hasta que sintió que el pez se movía bruscamente.

Pronto, el pez fue pescado por una familia que lo llevó a la cocina. Cuando lo abrieron, ¡encontraron al soldadito de plomo!

—¡Mira lo que había dentro! —dijo la cocinera.

El soldadito fue limpiado y llevado de nuevo a la sala de juguetes. Allí, la bailarina seguía girando sobre su espejo, igual de elegante y brillante.

—Has vuelto —le dijo la bailarina, sonriendo.

El soldadito, aunque no podía moverse solo, sintió que su corazón de plomo daba un salto de alegría.

Desde entonces, cada día, el soldadito de plomo y la bailarina se miraban desde sus lugares. Cuando nadie los veía, el viento suave los acercaba, y sus reflejos bailaban juntos en el cristal de la ventana.

Por las noches, el soldadito brillaba bajo la luz de la luna y la bailarina giraba despacio, solo para él.

Si pones mucha atención, puedes ver, en una esquina de la habitación, al soldadito de plomo sobre su única pierna, firme y valiente, y a la bailarina danzando suavemente a su lado.

Al fondo, la luna llena los ilumina, y el reflejo de ambos se une en el vidrio, bailando en silencio hasta quedarse quietos.