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En una granja rodeada de agua y pasto verde, mamá pata esperaba con paciencia a que sus huevos se rompieran. Uno a uno, los cascarones empezaron a moverse.
—¡Crac! —dijo el primer huevo, y salió un patito amarillo y suave.
—¡Crac! —otro huevo se abrió, y apareció otro patito, igual de brillante.
Así, salieron cinco patitos, todos chillando y moviendo las alas. Pero el último huevo, el más grande, no se rompía. Mamá pata lo miró y suspiró.
—Tendré que esperar un poco más —pensó.
Al día siguiente, el cascarón grande por fin se rajó. De adentro salió un patito distinto: grande, gris y un poco torpe. Los otros patitos lo miraron sorprendidos.
—¡Qué raro eres! —dijo el patito amarillo.
El nuevo patito bajó la cabeza y no dijo nada.
Pronto, los demás animales de la granja comenzaron a notar lo diferente que era.
—Ese patito es muy feo —gruñó el gallo.
—No es feo, solo es distinto —dijo mamá pata, protegiéndolo.
Pero los otros patitos se reían y lo dejaban atrás cuando nadaban. El patito gris se sentía solo.
Una mañana, el patito gris decidió irse de la granja.
—Buscaré un lugar donde me quieran —se dijo a sí mismo.
Caminó junto al río. Vio a unas ranas y les preguntó:
—¿Puedo quedarme aquí con ustedes?
—Eres muy diferente para saltar con nosotras —croaron las ranas.
El patito siguió su camino. Llegó a un campo donde unas gallinas picoteaban.
—¿Puedo jugar con ustedes?
—No, no sabes cacarear ni picotear —dijeron las gallinas.
El patito siguió buscando, pero nadie quería jugar con él. Pasó el verano y llegó el otoño. El patito encontró un estanque y se escondió entre los juncos.
Un día, vio pasar unos pájaros grandes y elegantes sobre el agua. Tenían el cuello largo y las plumas blancas.
—¡Qué hermosos son! —suspiró el patito gris—. Ojalá pudiera ser como ellos.
El patito pasó el invierno escondido, acurrucado entre las plantas del estanque. Cuando llegó la primavera, el sol calentó el agua y el patito se animó a nadar de nuevo.
Al acercarse a la orilla, vio en el agua su reflejo. Ya no era gris ni torpe. Sus alas eran grandes y blancas, y su cuello, elegante.
—¿Quién eres? —le preguntó un cisne joven, nadando cerca.
—No lo sé... —respondió el patito, sorprendido.
—Eres como nosotros —dijo el cisne—. Ven a nadar.
El patito miró su reflejo otra vez y vio, por fin, un cisne hermoso donde antes solo veía un patito feo.
Los otros cisnes nadaron a su alrededor, agitaban las alas y lo saludaron con graznidos suaves.
—¡Bienvenido! —le dijeron.
El patito levantó el cuello, feliz.
Al caer la tarde, el agua brillaba dorada. El nuevo cisne nadaba tranquilo, rodeado de amigos. Su reflejo blanco se deslizaba suavemente, mientras una brisa movía los juncos.