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En lo alto de un árbol, una cigarra cantaba feliz entre las ramas verdes. Su voz llenaba el aire y todos los animales del bosque la escuchaban. Cerca de allí, una pequeña hormiga marchaba por el suelo, cargando una semilla sobre su espalda.
—Hola, cigarra —dijo la hormiga, deteniéndose un momento.
—Hola, hormiga amiga —respondió la cigarra—. ¿Por qué trabajas tanto? ¡Ven a cantar conmigo!
—Ahora no puedo —respondió la hormiga—. Estoy guardando comida para cuando llegue el frío.
La cigarra miró a la hormiga marcharse y luego siguió cantando, dejando que el sol le calentara las alas.
Al día siguiente, la hormiga volvió a pasar cargando otra semilla.
—¿No quieres descansar un poco? —preguntó la cigarra—. El bosque está lleno de sol y canciones.
—Gracias, cigarra, pero aún falta mucho por hacer. Cuando llegue el invierno, todo esto nos servirá —contestó la hormiga, y continuó su camino.
La cigarra se rió suavemente y estiró sus patas para seguir tocando su melodía.
Unos días después, la hormiga apareció de nuevo, esta vez llevando una hoja muy grande.
—Hormiga, ¿por qué no te detienes? ¡El verano es para disfrutar!
—Pronto terminaré —respondió la hormiga—. Cuando llegue el frío, podré descansar.
Y así, la hormiga siguió trabajando y la cigarra cantando, día tras día.
Pero el verano terminó, y el viento se volvió frío. Una mañana, la cigarra despertó y vio que todo el bosque estaba cubierto de escarcha. Buscó comida, pero no encontró nada.
—¡Hormiga! —llamó la cigarra, con la voz temblorosa.
—Ven conmigo —contestó la hormiga—. Compartiremos mi comida y podrás cantar para mí mientras descansamos juntas.
La cigarra entró en el hormiguero, donde el aire era cálido y se oía un suave murmullo.
La hormiga preparó un rincón cómodo y la cigarra, envuelta en la calidez, cerró los ojos.
Afuera, el viento soplaba. Dentro, dos amigas compartían un pedazo de pan y una canción bajita.