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Hace mucho tiempo, el Sol y la Luna vivían en la Tierra junto a sus amigos, los animales. El Sol era cálido y muy alegre, y la Luna, tranquila y curiosa. Siempre estaban juntos, jugando y conversando bajo los árboles, mientras los animales corrían y saltaban a su alrededor.
—¡Qué bonito sería invitar al Agua a jugar con nosotros! —dijo el Sol un día.
—¿Crees que quiera venir? —preguntó la Luna, mirando al río que brillaba a lo lejos.
—Vamos a preguntarle —dijo el Sol, y ambos caminaron hasta la orilla.
—Agua, ¿quieres venir a nuestra casa a jugar? —preguntó la Luna.
—¡Claro, pero vendremos todos juntos! —respondió el Agua, y su voz sonó como un murmullo alegre.
El Sol y la Luna se miraron contentos. Invitaron al Agua a su casa para una gran fiesta. Pero el Agua tenía muchísimos amigos: ríos, lagos, lluvias y olas. El Sol y la Luna no sabían cuántos iban a venir.
—¡Será divertido! —dijo el Sol, dando vueltas de alegría.
—¿Y si no cabemos todos? —preguntó la Luna, un poco preocupada.
Finalmente, llegó el día de la fiesta. El Agua llegó primero, trayendo a los ríos. Luego vino la lluvia, saltando en charcos, y después, las grandes olas que rugían y salpicaban.
—¡Aquí estamos! —dijo el Agua, y todos sus amigos entraron y entraron, llenando la casa del Sol y la Luna.
El agua subía y subía, hasta mojarles los pies. Subió más, mojando las paredes. Entonces, el Sol y la Luna, sin asustarse, miraron arriba y vieron el cielo abierto.
—¡Vamos arriba! —dijo el Sol, tomando la mano de la Luna.
—¡Sí, allá estaremos seguros! —respondió la Luna.
Así, el Sol y la Luna flotaron hacia el cielo y encontraron un lugar suave y limpio donde nadie los podía mojar.
Desde ese día, el Sol brilla en lo alto y la Luna lo acompaña, mirando juntos a todos desde el cielo.
A veces, los animales levantan la vista y saludan. El Sol responde con luz, y la Luna, con un guiño plateado.