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En un tiempo muy antiguo, cuando las personas vivían cerca de los bosques y aprendían de los árboles, existía una familia en una aldea pequeña. La abuela, llamada Yara, compartía historias junto al fuego, mientras su nieta Lía la escuchaba con los ojos bien abiertos.
Lía siempre preguntaba:
—Abuela, ¿cómo llegó la yerba mate a nuestro pueblo?
Yara sonreía y le acariciaba el cabello.
—Fue gracias a un viaje valiente y a un regalo del bosque. Escucha con atención, Lía...
En aquel entonces, el bosque era tan espeso que nadie se atrevía a cruzarlo. Allí habitaban los espíritus guardianes, que cuidaban de las plantas y los animales. Las personas de la aldea temían perderse y no volver jamás.
Un día, la abuela Yara, cuando era joven, decidió que quería ver lo que había más allá del bosque. Su hija, la mamá de Lía, insistió en acompañarla. Prepararon una bolsa con pan, agua y frutas, y partieron temprano, despidiéndose de todos.
El sendero se hacía cada vez más angosto. Los árboles susurraban y las ramas parecían cerrarse a su paso. Caminaron durante horas, hasta que el sol comenzó a esconderse.
—Mamá, tengo miedo —dijo la joven, apretando la mano de Yara.
—No temas, hija. El bosque solo prueba nuestra valentía.
Siguieron adelante, aunque el cansancio les pesaba en los pies. De repente, escucharon un susurro entre las hojas. No era el viento, era un murmullo suave que decía:
—¿Quién osa entrar tan profundo en mi hogar?
Delante de ellas apareció una figura envuelta en hojas verdes, con ojos tan brillantes como las estrellas. Era el espíritu del bosque.
—Pocas personas llegan tan lejos. ¿Por qué han venido?
—Buscamos nuevas plantas y amistades, espíritu. Queremos aprender del bosque y llevar algo bueno a nuestra aldea.
—Eso merece una prueba —respondió el espíritu eligiendo una rama especial—. Si esta noche ayudan al bosque, recibirán mi regalo.
Así, el espíritu desapareció entre los árboles. Yara y su hija buscaron un lugar para descansar. Cuando la luna estaba alta, escucharon unos gritos pequeños y asustados.
—¡Ayuda! ¡Ayuda!
Era un pajarito atrapado entre unas ramas caídas. Yara corrió y, con cuidado, lo liberó.
—Vuela, pequeño. Estás a salvo.
El pajarito aleteó y se perdió entre las hojas. Justo entonces, una figura apareció de nuevo: era el espíritu, esta vez con una sonrisa cálida.
—Han mostrado bondad y valor. El bosque confía en ustedes.
El espíritu les entregó un pequeño brote de hojas verdes.
—Este es el brote de yerba mate. Si lo cuidan y lo comparten, les dará fuerza y unión.
Yara y su hija agradecieron y emprendieron el regreso. El sendero, que parecía tan difícil antes, ahora se abría ante ellas. El bosque las despidió con susurros suaves.
Al llegar a la aldea, plantaron el brote en el centro. Lo regaron con cariño y contaron a todos la historia de su viaje. El brote creció rápido, y pronto el aire se llenó de un aroma fresco y verde.
Los vecinos se acercaron curiosos. Yara preparó una infusión con las hojas secas y las compartió en una ronda.
—Prueben —invitó—. Este sabor une a quienes lo comparten.
Todos bebieron y sintieron cómo el cansancio desaparecía, y una alegría cálida recorría sus cuerpos.
Desde ese día, cada vez que alguien visitaba la aldea, Yara y su familia le ofrecían mate. Las personas reían, conversaban y las historias fluían como el agua caliente sobre las hojas.
Lía miraba el fuego y abrazaba a su abuela.
—¿Todavía vive el espíritu del bosque? —preguntó.
—Siempre que cuidemos las plantas y nos ayudemos unos a otros, el espíritu vive en cada sorbo de mate —respondió la abuela.
Afuera, el aroma de la yerba mate flotaba en el aire, mezclándose con el canto de un pájaro escondido entre las ramas.
La tetera silbó suavemente y, en la penumbra, Lía cerró los ojos, escuchando el eco de la historia mientras el fuego crepitaba despacio.
Y esa noche, la luna brilló sobre el brote de mate, que seguía creciendo, hoja tras hoja, bajo la mirada atenta del bosque.