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Mulán vivía en un pequeño pueblo junto a su familia y su perrito. Era valiente, curiosa y siempre pensaba mucho antes de actuar. Un día llegaron noticias tristes: el país estaba en peligro y todos los hombres debían ir a defenderlo. El padre de Mulán era mayor y caminaba con dificultad, pero los mensajeros lo llamaron igual.
Esa noche, Mulán miró a su papá dormido. Sabía que no podría resistir las largas marchas y las batallas. Decidió hacer algo muy valiente: tomaría el lugar de su padre. Se cortó el cabello, vistió su armadura y, antes de que amaneciera, partió con el caballo de la familia.
Cuando su familia se dio cuenta, Mulán ya iba lejos. Su papá quiso ir tras ella, pero la mamá lo detuvo. —Confía en nuestra hija, ella sabe lo que hace —dijo.
Mulán llegó al campamento de los soldados. Allí la recibieron con desconfianza, porque nunca habían visto a alguien tan callado y cuidadoso. Sin embargo, Mulán se esforzó mucho en cada ejercicio y pronto se volvió una de las más hábiles con la espada y el arco.
—¿Quién es esa nueva persona que siempre ayuda a los demás? —preguntó uno de los compañeros.
—Se llama Mulán —respondió otro, sin sospechar nada más.
Pasó el tiempo y el ejército enemigo avanzó. Mulán y sus compañeros recibieron la orden de proteger una montaña. Los enemigos eran muchos y parecían muy fuertes. Todos sentían miedo.
Mulán tuvo una idea. —Si usamos la nieve para cubrir el camino, será difícil que puedan pasar —pensó. Sin perder tiempo, fue con su capitán.
—Tengo un plan —le dijo Mulán—. Si colocamos barriles de agua en la cima y los rompemos, la nieve caerá y bloqueará el paso.
El capitán escuchó con atención. —Es arriesgado, pero puede funcionar —dijo.
Trabajaron toda la noche. Cuando llegó el enemigo, Mulán y sus amigos rompieron los barriles, y la nieve bajó rugiendo montaña abajo. El camino se volvió imposible de cruzar.
—¡Funcionó! —gritó Mulán, mientras todos celebraban.
Los enemigos se alejaron, asustados y sin saber cómo avanzar. El ejército de Mulán festejó, pero ella se sentía nerviosa. Durante el trabajo, se había rasgado la armadura y alguien había visto que no era un soldado como los demás.
El capitán se acercó.
—¿Por qué lo hiciste? —le preguntó, sorprendido pero sin enojo.
—Tenía que cuidar a mi papá —respondió Mulán—. Y a todos los que quiero.
El capitán pensó un momento. Miró a Mulán y comprendió su valentía y su gran corazón.
—Hoy ganamos gracias a ti. Eres bienvenida en nuestro ejército —dijo.
Todos aplaudieron a Mulán, agradecidos por su ingenio y coraje. Ella sonrió, sintiéndose por fin ella misma.
Cuando la guerra terminó, Mulán volvió a casa. Su papá la abrazó fuerte, orgulloso de su hija.
Mulán colgó su armadura junto a la puerta. Su perrito saltó a su regazo, moviendo la cola.
El sol se escondía y el pueblo se llenaba de risas suaves. A través de la ventana, Mulán miraba cómo las luciérnagas encendían la noche.