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Había una vez tres cerditos que decidieron construir cada uno su propia casita. El primero era muy alegre y pensó:
—Voy a hacer mi casa de paja, terminaré rápido y podré jugar.
El segundo cerdito, un poco más cuidadoso, dijo:
—Yo la haré de madera, será fácil y también podré descansar pronto.
El tercer cerdito, el más paciente, decidió:
—Yo construiré mi casa de ladrillos, así será fuerte y segura.
El primer cerdito terminó su casa de paja en un santiamén y se fue a jugar. El segundo, con su casa de madera, también salió pronto a buscar a su hermano. El tercero trabajó todo el día colocando ladrillos, uno sobre otro, hasta tener una casa muy firme.
Un día, un lobo curioso llegó al camino y vio las casitas. Se acercó a la casa de paja y llamó a la puerta.
—Cerdito, cerdito, déjame entrar.
—No te dejaré entrar, señor lobo —respondió el primer cerdito desde dentro.
Entonces, el lobo tomó aire y sopló... La casita de paja salió volando. El cerdito corrió rápido a la casa de madera de su hermano.
El lobo fue tras ellos y tocó la puerta de la casa de madera.
—Cerditos, cerditos, déjenme entrar.
—No entraremos, señor lobo —dijeron los dos cerditos a la vez.
El lobo sopló y sopló... ¡y la casa de madera se movió y se cayó! Los dos cerditos corrieron velozmente a la casa de ladrillos.
El lobo llegó a la última casa y llamó a la puerta.
—Cerditos, cerditos, déjenme entrar.
—No, aquí estamos seguros —respondió el tercer cerdito.
El lobo sopló y sopló, pero la casa de ladrillos no se movió. El lobo se cansó tanto que decidió marcharse.
Los tres cerditos rieron y saltaron juntos. Por la ventana se veían jugando, y la luz de la casa de ladrillos brillaba hasta que cayó la noche.