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Había una vez una niña que tenía la piel muy blanca, los labios rojos y el cabello negro como la noche. Todos la llamaban Blancanieves.
Vivía con su madrastra, quien cada día preguntaba a su espejo mágico:
—Espejito, espejito, dime una cosa, ¿quién es en todo el reino la más hermosa?
El espejo siempre respondía que era la madrastra. Pero un día, el espejo le dijo:
—Reina, ahora Blancanieves es la más hermosa.
La madrastra se sintió tan celosa que decidió que Blancanieves debía irse muy lejos.
Blancanieves huyó al bosque y, después de caminar mucho, encontró una casita pequeña. Entró y vio que todo era diminuto: las sillas, las camas, los platos. Muy cansada, se quedó dormida en una de las camas.
Al anochecer, los siete enanitos regresaron a su casa y vieron a Blancanieves dormida.
—¡Miren quién está aquí! —dijo uno.
—Es una niña —susurró otro.
—¡Qué sorpresa! —exclamó un tercero.
Blancanieves despertó y, al verlos, les contó lo que había pasado.
—Puedes quedarte con nosotros —dijo el más simpático—. Pero ten cuidado, la reina es muy astuta.
Blancanieves prometió ser cuidadosa. Cada día, los enanitos salían a trabajar y le recordaban:
—No abras la puerta a nadie.
Pero la madrastra, al enterarse de que Blancanieves seguía viva, se disfrazó y fue a la casita tres veces.
La primera vez, llevó un cinturón de colores.
—Vendo cinturones hermosos —dijo la madrastra—. ¿Quieres probarte uno?
Blancanieves, olvidando la advertencia, abrió la puerta y dejó que se lo atara. Pero el cinturón era tan apretado que Blancanieves no podía respirar. Por suerte, los enanitos regresaron a tiempo y la ayudaron a quitárselo.
La segunda vez, la reina llevó un peine envenenado.
—Vendo peines mágicos —dijo la madrastra—. Déjame peinarte.
Blancanieves abrió la puerta y la madrastra le peinó el cabello. Pero el peine la hizo desmayarse. Los enanitos volvieron y lo sacaron rápidamente.
La tercera vez, la reina preparó una manzana muy roja, pero una mitad estaba envenenada.
—Mira qué manzana tan deliciosa —ofreció la madrastra—. Solo pruébala, es muy dulce.
Cuando Blancanieves mordió la manzana, cayó al suelo dormida.
Al regresar, los enanitos la encontraron inmóvil. No podían despertarla, así que la pusieron en una caja de cristal, para que todos pudieran verla y cuidarla.
Pasó el tiempo. Un día, un joven caminaba por el bosque y vio a Blancanieves. Se acercó y, al tropezar, la caja se movió. Por el sobresalto, un pedacito de manzana salió de la garganta de Blancanieves.
¡Blancanieves abrió los ojos!
Los enanitos saltaron de alegría. Blancanieves se sentó, miró a todos y sonrió.
Agradecida, decidió que era momento de vivir nuevas aventuras, pero nunca olvidó a sus amigos.
Esa noche, en la casita del bosque, se oyó una risa suave y las voces de los enanitos contando historias al calor de la luz.
Por la ventana, una pequeña estrella titilaba, como si escuchara también el cuento.