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Había una vez una princesa llamada Elisa. Tenía once hermanos que eran príncipes y vivían juntos en un gran castillo, rodeados de jardines y pájaros cantores. Los once príncipes eran alegres y cuidaban mucho a su hermana menor.
Un día, llegó al reino una mujer misteriosa. Se casó con el rey, el padre de Elisa y sus hermanos. Pero esta nueva reina tenía un secreto: era una bruja. No quería a los príncipes y, con un hechizo, los transformó en cisnes salvajes. Elisa, muy triste, vio cómo sus hermanos alzaban el vuelo y desaparecían en el cielo.
La reina intentó alejar también a Elisa, pero la niña logró escapar del castillo. Decidida a encontrar a sus hermanos, caminó por bosques y montañas, preguntando a los animales y escuchando el susurro de los árboles.
Un atardecer, Elisa llegó a un lago. Allí, vio a once cisnes blancos nadando en el agua. Los cisnes la rodearon y, cuando cayó la noche, volvieron a ser príncipes por unas horas.
—¡Elisa, eres tú! —dijo el hermano mayor, sonriendo.
Elisa abrazó a cada uno y les contó su aventura. Los príncipes le explicaron que durante el día eran cisnes, y solo al anochecer podían volver a su forma humana.
—¿Hay alguna manera de romper el hechizo? —preguntó Elisa, muy decidida.
El hermano mayor asintió.
—Debes tejer once túnicas de flores de ortiga y lanzarlas sobre nosotros. Pero mientras las coses, no puedes hablar ni reír, ni una sola palabra, hasta que termines.
Elisa aceptó el desafío. Recorrió campos en busca de ortigas. Sus manos se llenaron de pequeñas marcas, pero no se detuvo. Todas las noches, los cisnes volvían a ser príncipes por poco tiempo, y le daban ánimos con miradas y sonrisas.
Pasaron los días y Elisa ya había tejido siete túnicas. Un día, un joven rey la vio trabajando en silencio junto al lago. Le pareció tan dedicada y dulce que le ofreció refugio en su castillo.
—Ven con nosotros, aquí estarás a salvo —le dijo el rey.
Elisa aceptó el refugio, llevando consigo sus ortigas. Aun en la comodidad del castillo, seguía trabajando cada noche, sin pronunciar palabra. Pronto, la gente comenzó a preguntarse por qué la joven nunca hablaba.
Una tarde, Elisa terminó la última túnica. En ese momento, los cisnes llegaron volando y aterrizaron en el jardín. Elisa corrió hacia ellos, sosteniendo las túnicas.
—¡Ahora! —pensó Elisa, y empezó a lanzar una a una las túnicas sobre sus hermanos.
Al instante, los once cisnes se transformaron, uno por uno, en príncipes de nuevo. El último hermano todavía tenía un ala en vez de un brazo, porque a esa túnica le faltaba una manga. Pero los once estaban a salvo y sonrieron felices.
Elisa, al ver a sus hermanos libres, soltó una risa suave. El hechizo se había roto por completo. El rey y todo el reino celebraron la valentía y el amor de la princesa.
Esa noche, Elisa y sus hermanos pasearon juntos bajo los árboles. Las luces del castillo brillaban entre las ramas, y en el lago, se reflejaban once figuras humanas abrazadas suavemente.