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Heidi era una niña alegre que vivía con su tía Dete. Un día, su tía le dijo que debía ir a vivir con su abuelo en las montañas.
Cuando llegaron a la cabaña, el abuelo la miró con sorpresa. Pero Heidi le sonrió y le dijo:
—Hola, abuelo. ¿Puedo quedarme contigo?
—Claro... —respondió el abuelo con voz profunda—. Pero aquí la vida es sencilla.
Pronto, Heidi se acostumbró. Corría libre entre las flores, cuidaba a las cabras y ayudaba a Pedro, el niño pastor.
—Ven, Heidi, te mostraré los lugares más bonitos —decía Pedro.
—¡Vamos, Pedro! —contestaba Heidi, subiendo rápida por la montaña.
Cada día, desayunaban pan, queso y leche fresca. Heidi recogía flores y escuchaba los cuentos del abuelo junto al fuego.
Un día, la tía Dete volvió. Le dijo a Heidi que debía ir a la ciudad para acompañar a una niña que no podía caminar: Clara.
—¿Debo irme, abuelo? —preguntó Heidi, con los ojos grandes.
—Ve, pequeña. Quizás puedas ayudar a esa niña —respondió el abuelo, despacio.
Heidi viajó en tren y pronto llegó a la gran casa de Clara. Allí, todo era diferente: nada de cabras ni flores, solo paredes altas y calles de piedra.
—Hola, soy Clara. ¿Te quedarás conmigo? —le preguntó la niña desde su silla de ruedas.
—Sí. Y te contaré historias de las montañas —dijo Heidi, animada.
Pasaron los días. Heidi extrañaba a su abuelo y la montaña. Pero también se hizo amiga de Clara y de la abuela de la casa, que le enseñó a leer.
—Eres una niña curiosa, Heidi —decía la abuela, sonriendo.
—Me gustaría que Clara pudiera ver las flores —contestaba Heidi, mirando por la ventana.
Una noche, Heidi soñó con los prados verdes y las montañas brillando al sol. Decidió que debía volver junto a su abuelo.
—Clara, quiero regresar a mi hogar, pero me gustaría que vinieras conmigo.
—¿De verdad podría? —preguntó Clara, sorprendida.
Después de hablar con su padre, Clara viajó con Heidi a la montaña.
—¡Mira, Clara! ¡Todo está lleno de flores! —decía Heidi, corriendo por el prado.
—Nunca vi algo tan bonito —contestaba Clara, feliz.
El abuelo recibió a ambas niñas con pan y leche. Pedro las acompañó a pasear y, poco a poco, Clara empezó a moverse más.
—Vamos, Clara. Dame la mano. —Heidi la animaba, suave y paciente.
—Sí... creo que puedo dar un paso —decía Clara.
Un día, bajo el cielo azul, Clara logró ponerse de pie. Todos aplaudieron. Heidi saltaba de alegría.
—¡Clara camina! ¡Clara camina! —gritó Pedro, emocionado.
El abuelo abrazó a Heidi. Clara sonreía, feliz, mientras el viento suave movía las flores.
Por la tarde, en la cabaña, Heidi leía en voz alta. Afuera, las cabras descansaban y Pedro silbaba en la colina.
Al caer la noche, una pequeña luz quedó encendida junto a la cama. Heidi y Clara susurraban, mirando el cielo estrellado.
La montaña se llenó de silencio y, poco a poco, todos se quedaron dormidos.