¿Querés leer el cuento vos? Acá lo tenés completo
Había una vez, en un valle rodeado de montañas altísimas, un arquero muy hábil llamado Guillermo Tell. Vivía con su hijo pequeño en un pueblo junto al lago. Era conocido en toda la región por su puntería: nadie podía lanzar flechas tan rápido y tan lejos como él.
Un día, llegó al pueblo un hombre que anunciaba una orden muy extraña. Se llamaba Gessler y era el nuevo gobernador. Pidió que pusieran un sombrero en lo alto de un poste, en la plaza, y mandó que todos los habitantes debían inclinarse ante el sombrero al pasar. Decía que así mostraban respeto por su autoridad.
Guillermo pasó por la plaza de la mano de su hijo.
—No me inclinaré —dijo Guillermo, mirando el sombrero—. Ese respeto no se obliga.
Su hijo apretó su mano. La gente murmuraba preocupada. Pero Guillermo siguió su camino, derecho y firme, sin inclinarse.
Pronto, los guardias del gobernador lo detuvieron.
—Has desobedecido —dijo uno—. Ven con nosotros.
Llevaron a Guillermo y a su hijo ante Gessler.
—Tú eres el famoso arquero. Si eres tan valiente como dicen, demostrarás tu destreza ahora mismo —dijo el gobernador—. Pondrás una manzana sobre la cabeza de tu hijo. Y, desde lejos, la atravesarás con una sola flecha. Si fallas, te encerraré para siempre.
El pueblo se reunió en la plaza, asustado. El niño se quedó quieto, sin llorar. Guillermo miró a su hijo y le habló suavemente.
—Confía en mí. Estaré contigo en todo momento.
Gessler ordenó a los guardias que prepararan la manzana. Colocaron al niño en el centro de la plaza. Todos contenían la respiración.
Guillermo tomó su arco. Sacó dos flechas y las guardó en su cinturón. Se alejó, midiendo bien la distancia. Apuntó... y disparó.
El sonido de la cuerda del arco retumbó en toda la plaza.
La flecha voló por el aire y atravesó la manzana con un golpe seco. La multitud suspiró aliviada. El niño corrió hacia su padre y lo abrazó.
—¿Por qué tenías dos flechas? —preguntó el gobernador, acercándose.
—La segunda era por si usted hubiera hecho daño a mi hijo —respondió Guillermo, mirándolo a los ojos.
Gessler enrojeció de furia.
—No permitiré que me desafíes así. Te encerraré en la torre del lago. Guardias, llévenselo.
Los soldados ataron a Guillermo y lo llevaron a un bote para cruzar el lago hasta la torre. El viento empezó a soplar fuerte, y las olas sacudían el bote de un lado al otro.
—¡No podremos llegar! —gritó uno de los guardias—. ¡Nadie sabe manejar el bote como él!
Entonces Gessler, temeroso de naufragar, ordenó soltar a Guillermo.
—Toma el timón. Llévanos a salvo.
Guillermo aceptó. Se sentó al frente y guió el bote entre las olas, hasta acercarse a la orilla, cerca de unas rocas.
En un descuido, Guillermo saltó del bote y corrió hacia el bosque. Los soldados gritaron, pero no pudieron alcanzarlo.
—¡Vuelve! —llamaron, pero Guillermo ya se perdía entre los árboles.
Gessler regresó furioso al pueblo. Ordenó buscar a Guillermo por todos los caminos, pero nadie pudo encontrarlo. El arquero se escondió en las montañas, donde sabía moverse como un ciervo.
Pasaron los días. El pueblo hablaba en voz baja. Muchos estaban tristes por la ausencia de Guillermo, pero también sentían esperanza.
Una noche, mientras Gessler viajaba por un sendero junto al lago, algo crujió entre los arbustos. El gobernador se detuvo, inquieto. De pronto, una flecha silbó en el aire y se clavó en un árbol justo frente a él. No lo tocó, pero el susto lo hizo correr como nunca.
—¡Ayuda! —gritó, perdiéndose en la noche.
Nadie volvió a ver al gobernador cerca del pueblo. Desde entonces, la gente pudo caminar libremente por la plaza, sin inclinarse ante ningún sombrero.
Guillermo regresó una mañana, rodeado de amigos, y abrazó a su hijo bajo el árbol donde florecían las manzanas.
Cuentan que, al caer la tarde, se oía reír a los niños junto al lago, y una flecha clavada en un tronco recordaba a todos que la libertad es valiente como el vuelo de una flecha.