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Había una vez un grupo de ratones que vivían en una casa grande. Siempre andaban asustados porque un gato silencioso los espiaba y les gustaba perseguirlos. Cada vez que salían a buscar comida, miraban a todos lados para no encontrarse con el gato.
Un día, los ratoncitos se reunieron en círculo para pensar cómo estar más seguros.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó uno muy pequeño.
—Si el gato no hiciera tanto silencio, podríamos escapar a tiempo —dijo otro, rascándose la oreja.
Todos pensaron y pensaron hasta que un ratón joven tuvo una idea.
—¡Ya sé! —exclamó—. Si le ponemos un cascabel al gato, sonará cuando se acerque... Así siempre escucharemos y podremos escondernos.
Los ratones se miraron con los ojos grandes. ¡Era una idea brillante! Todos aplaudieron y saltaron de alegría.
—¡Sí! ¡Un cascabel! —decía uno.
—¡Ahora sí estaremos tranquilos! —agregaba otro.
Entonces, el ratón más viejo movió sus bigotes despacio y preguntó en voz baja:
—¿Y quién le va a poner el cascabel al gato?
Los ratones se quedaron callados. Nadie quería acercarse al gato. Bajaron sus cabezas y patearon el suelo.
Uno por uno negaron con la cabeza.
—Yo no puedo, me da miedo —susurró uno.
—Tampoco yo... —dijo otro, escondiéndose detrás de su cola.
Así, todos se dieron cuenta de que la idea era buena, pero nadie se animaba a hacerlo.
El gato, mientras tanto, dormía tranquilo en la otra habitación, sin sospechar nada.
Los ratones se acomodaron en sus agujeros. Afuera, en la cocina, sonó una cuchara contra una olla, haciendo un tintineo lejano. Los ratoncitos miraron la puerta y escucharon atentos, por si el gato se acercaba.
Esa noche, la casa quedó en silencio y solo se oía, de vez en cuando, el suave respirar de los ratones bajo el suelo.