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Hace mucho tiempo, en un reino lejano, vivía el rey Midas. Era famoso porque amaba el oro más que cualquier otra cosa en el mundo. Su palacio brillaba con monedas doradas y tesoros relucientes. Pero, aunque tenía tanto, siempre quería más.
Una mañana, mientras paseaba por su jardín, Midas encontró a un anciano sentado a la sombra de un árbol. El hombre parecía cansado y hambriento. Sin dudarlo, Midas le ofreció comida y un lugar donde descansar.
—Gracias, buen rey —dijo el anciano—. No olvidaré tu generosidad.
Al día siguiente, aquel hombre reveló que era un ser mágico. Quería recompensar a Midas por su bondad y le ofreció un deseo.
—Pídeme lo que más quieras, y se cumplirá —dijo el anciano.
Sin pensarlo mucho, Midas pidió:
—Quisiera que todo lo que toque se convierta en oro.
—Así será, rey Midas. Pero recuerda: a veces los deseos no traen la felicidad que uno espera.
El anciano desapareció y Midas, emocionado, corrió a probar su nuevo don. Tocó una piedra del jardín y… se volvió oro puro. Tocó una rosa y, al instante, la flor perdió su color y se transformó en oro. Tocó una rama, y también brilló.
—¡Maravilloso! —exclamó Midas, rodeado de cosas doradas—. ¡Todo lo que toco se convierte en oro!
Entró a su palacio y tocó una silla, luego un jarrón, luego una cortina. Pronto, todo brillaba a su alrededor. Midas estaba tan contento, que no notó la preocupación en la cara de su hija, quien lo miraba desde lejos.
Pronto, la hora del desayuno llegó. Midas se sentó a la mesa e intentó comer una uva, pero al tocarla, la uva se volvió de oro. Probó con un pedazo de pan, y sucedió lo mismo. El agua en su copa se convirtió en oro sólido.
—¿Qué haré ahora? —murmuró, con el estómago vacío y la boca seca.
En ese momento, su hija entró corriendo y lo abrazó.
—¡Papá! —dijo ella, sonriendo.
Pero al tocarla, algo terrible pasó: la niña se transformó en una estatua de oro. Su risa se apagó de repente, y Midas quedó helado del susto.
—¡No! ¡¿Qué he hecho?! —gritó Midas, desesperado.
El rey corrió por el palacio, tocando suavemente la mano dorada de su hija, tratando de devolverla a la normalidad. Nada funcionó.
Esa noche, Midas no pudo dormir. Miraba la estatua dorada de su hija y pensaba en su error. Comprendió que el oro no podía darle la felicidad que tanto buscaba.
Entonces, tomó una decisión. Salió al jardín y, con voz fuerte, llamó al anciano mágico.
—¡Por favor, devuélveme a mi hija! No quiero más oro. Que todo vuelva a ser como antes.
—¿Estás seguro de tu deseo, Midas? —preguntó el anciano, apareciendo frente a él.
—Sí, lo estoy. Prefiero ver sonreír a mi hija que vivir rodeado de oro.
—Muy bien, rey. Ve al río más cercano y lava tus manos en su agua. Así desharás el deseo.
Sin perder tiempo, Midas corrió hasta el río y sumergió sus manos en el agua fría. Sintió cómo el poder desaparecía. Llenó una jarra con el agua del río y volvió corriendo.
Con cuidado, vertió el agua sobre las manos doradas de su hija. Poco a poco, el dorado desapareció y la niña volvió a la vida. Ella abrió los ojos y sonrió.
—¡Papá! —dijo, abrazándolo fuerte.
Midas, aliviado y alegre, la abrazó con fuerza. Prometió que nunca más dejaría que el oro fuera más importante que su familia.
Al día siguiente, el jardín volvió a llenarse de flores de colores. La niña corría entre los árboles, riendo. Midas la miraba desde el banco, con una sonrisa tranquila.
Un rayo de sol se reflejaba en el agua clara del río, y solo una pequeña hoja dorada flotaba sobre la corriente.
Muy lejos, el anciano mágico caminaba entre las flores, y su risa se perdió suavemente con el viento.