lole Cuentos para niños de 2 a 10 años
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La leyenda del ombú

Tradicional argentino
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Tiempo estimado de lectura: 5 min

Dicen que hace mucho, mucho tiempo, en la llanura del sur, donde el horizonte parece no tener fin, había un arbusto pequeño y apenas visible llamado ombú. Entre los pastizales y bajo el sol ardiente, el ombú era tan insignificante que apenas daba sombra a los animales cansados. Pero la llanura era un lugar de pruebas, donde el viento, la lluvia y la sequía visitaban sin avisar.

En ese tiempo vivía un niño curioso llamado Takú, quien amaba correr entre las hierbas y observar a los pájaros. A Takú le gustaba especialmente sentarse bajo el ombú, aunque fuera pequeño, porque sentía que ese arbusto tenía algo especial.

—Ombú, ¿por qué eres tan pequeño? —preguntó Takú un día.

—No todos nacemos grandes, Takú —susurró el ombú, moviendo apenas sus hojas—. Pero tengo raíces fuertes, y espero crecer algún día.

Takú sonrió y prometió visitarlo cada día, sin importar el clima.

Pronto llegó el tiempo de la sequía. Todo el campo se volvió dorado y crujiente. El sol era tan fuerte que los pájaros buscaban refugio en cualquier sombra. Takú vio cómo los animales caminaban lento y con sed.

—Ombú —dijo Takú—, ¿puedes ayudar a los animales? No tienen dónde descansar del calor.

—Soy pequeño, pero puedo intentarlo —respondió el ombú—. Si me cuidas, podré crecer y ayudar a todos.

Así, Takú buscó agua en su cántaro y la llevó cada día al ombú. Cantaba junto a él y le contaba historias, mientras todos alrededor miraban con sorpresa.

Al cabo de unas semanas, el ombú empezó a elevarse. Sus ramas se ensancharon, y las hojas se volvieron tan verdes que brillaban contra el cielo gris. Los caballos, las avestruces y los zorros se acercaron, agradecidos por la sombra fresca.

—Gracias, Takú. Ahora puedo dar refugio a muchos —dijo el ombú.

—No pares de crecer, ombú. El campo te necesita —pidió Takú.

Pero una noche, el viento sur despertó y la tormenta llegó. Rayos surcaron el cielo y las ráfagas de viento doblaban los pastizales.

El trueno retumbó tan fuerte que parecía que la tierra temblaba.

Takú corrió hacia el ombú. El viento se llevaba las ramas de otros árboles, pero el ombú resistía, sus raíces profundas lo sujetaban.

—No temas, ombú. Estoy contigo —dijo Takú, abrazando el tronco.

—No me rendiré, Takú. Nos mantendremos firmes juntos —respondió el ombú.

Entonces, algo mágico ocurrió. El ombú creció aún más, abriéndose como un gran paraguas. Las aves se acercaron, los zorros y los caballos se acurrucaron bajo su copa, y hasta Takú encontró refugio junto a sus raíces.

La tormenta pasó. El sol volvió a brillar y la llanura estaba renovada. Donde antes había un arbusto, ahora se alzaba el ombú más grande que se hubiera visto en la región. Sus ramas eran tan sólidas que todos los animales podían descansar, y sus hojas tan amplias que la sombra cubría a Takú y a muchos más.

—Eres fuerte, ombú. Ahora todos te respetan —dijo Takú.

—La fuerza se hace grande cuando se comparte —susurró el ombú—. Gracias a ti, Takú, ya nunca estaré solo.

Desde ese día, los viajeros de la llanura detuvieron su marcha cerca del ombú. Los pájaros anidaron en sus ramas y los niños jugaban a su alrededor. Takú se convirtió en amigo de todos los que buscaban un rincón de frescura bajo su sombra.

Cuando el sol comenzaba a caer y los colores del atardecer bañaban la llanura, Takú se sentaba al pie del ombú, sintiendo el frescor de las hojas sobre su rostro.

A su alrededor, los animales dormían tranquilos.

El viento pasaba suave entre las ramas, y el susurro del ombú acompañaba el canto de los grillos.