lole Cuentos para niños de 2 a 10 años
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El zapatero y los duendes

Hermanos Grimm
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Tiempo estimado de lectura: 4 min

Había una vez un zapatero que era muy trabajador, pero tan pobre que solo le quedaba cuero para hacer un último par de zapatos. Una noche, cuando el sol ya se había escondido y las calles estaban tranquilas, el zapatero cortó el cuero y lo dejó listo sobre la mesa, pensando terminar sus zapatos a la mañana siguiente. Luego, bostezó, apagó la pequeña lámpara y se fue a dormir.

Al día siguiente, apenas despertó, fue al taller con la esperanza de hacer el mejor par de zapatos que pudiera vender. Pero ¡qué sorpresa! Sobre la mesa, en lugar de cuero cortado, encontró un par de zapatos terminados, tan hermosos y perfectos que no podía creerlo.

Poco después, entró una clienta. Cuando vio los zapatos, sus ojos brillaron.

—¡Qué preciosos! Me los llevo enseguida.

Pagó más de lo habitual, así que el zapatero pudo comprar cuero para dos pares más.

Aquella noche, cortó el cuero para los dos pares de zapatos. Lo acomodó en la mesa y, cansado, se fue a descansar.

Al amanecer, fue al taller... y no pudo creer lo que veía. Los dos pares estaban listos, aún más bonitos que antes, con costuras tan finas que parecían hechas por manos mágicas.

Llegaron dos clientes, uno tras otro, y se llevaron los zapatos muy contentos. Ahora el zapatero pudo comprar cuero para hacer cuatro pares.

Así pasaron varias noches. El zapatero preparaba el cuero... y cada mañana encontraba los zapatos terminados, cada vez más bonitos y con más detalles. Su fama creció, y ya no le faltaba nada.

Una noche, la esposa del zapatero le dijo:

—¿Por qué no nos quedamos despiertos para ver quién hace los zapatos mientras dormimos?

El zapatero asintió, curioso. Esa noche, dejaron solo el cuero cortado sobre la mesa y se escondieron detrás de una cortina.

Cuando el reloj dio las doce campanadas, vieron entrar a dos pequeños duendecillos. Saltaban ligeros y alegres. Se subieron a la mesa, tomaron el cuero y empezaron a trabajar. Sus dedos eran tan rápidos que todo parecía un juego. Cosían aquí, cortaban allá, daban vueltas y reían. En poco tiempo, terminaron todos los zapatos y desaparecieron saltando por la ventana.

Al día siguiente, la esposa del zapatero dijo:

—Son tan amables y generosos, y llevan solo ropas viejas y rotas. ¿Qué te parece si les hacemos ropa nueva para darles las gracias?

Al zapatero le encantó la idea. Esa tarde, la esposa cosió dos pequeños trajes, con chaquetas y pantalones diminutos, y también dos pares de botitas. El zapatero los acomodó sobre la mesa, en vez del cuero, y se escondieron otra vez detrás de la cortina.

Al sonar la medianoche, los duendecillos entraron. Al ver la ropita, sus ojos se iluminaron. Se vistieron, saltaron y bailaron llenos de alegría.

—¡Qué bonitos estamos! —gritaron al unísono, y bailaron tan contentos que los zapatos en la mesa temblaron.

Luego, brincaron por la ventana y nunca más se los volvió a ver. Pero la suerte del zapatero no cambió. Siguió trabajando, sus manos cada día eran más hábiles y sus zapatos más bonitos.

Por la mañana, los rayos del sol entraron en el taller. El zapatero sonrió, la esposa le llevó una taza caliente y, juntos, miraron la mesa, ahora vacía, con gratitud.

En el alféizar de la ventana quedaron, para siempre, dos botitas diminutas y relucientes bajo la luz suave del día.