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El ganso de oro

Hermanos Grimm
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Tiempo estimado de lectura: 4 min

Había una vez tres hermanos que vivían junto a su madre en una pequeña casa cerca del bosque. El menor de los tres era amable y siempre ayudaba en todo lo que podía.

Un día, la madre dijo:

—Hijos, vayan al bosque y traigan leña. Pero recuerden: sean generosos con quien encuentren en el camino.

El mayor fue primero. En el bosque, se encontró con un viejecito sentado junto al sendero.

—¿Podrías compartir un poco de tu pan conmigo? —pidió el hombre.

—No tengo suficiente para ti —respondió el hermano mayor y siguió su camino.

Cuando empezó a cortar leña, su hacha se le quedó atascada en un tronco y no pudo sacarla.

Al día siguiente, fue el hermano del medio. También se encontró al viejecito.

—¿Me das un poquito de tu pastel? —preguntó el hombre.

—No, es solo para mí —dijo el hermano, apurando el paso.

Cuando quiso cortar un árbol, la rama se rompió y todas las astillas le cayeron encima. Tuvo que volver a casa sin nada.

Por último, fue el hermano menor. Al llegar al bosque, oyó la voz del viejecito.

—¿Me ofreces un poco de tu pan y pastel?

—Por supuesto —respondió el hermano menor, partiendo su comida y dándosela con alegría.

El viejecito sonrió y le dijo:

—Por tu buen corazón, te daré un regalo especial. Golpea ese viejo árbol con el hacha.

El muchacho obedeció y, al hacerlo, el árbol cayó y apareció un ganso con plumas de oro brillante.

—Llévalo contigo —dijo el viejecito—, pero ten cuidado de quién lo toca.

El hermano menor se llevó el ganso de oro al pueblo. Al verlo, la gente se asombró, y una muchacha muy curiosa quiso arrancar una pluma.

—¡Qué hermosa ave! Solo tomaré una pluma dorada —dijo.

Apenas la tocó, quedó pegada al ganso y no pudo soltarse.

Siguió su camino el muchacho, y otra joven se acercó, intrigada.

—¿Qué sucede aquí? ¡También quiero ver! —y tocó el brazo de la primera.

Al instante, quedó pegada también.

Un tercer joven pasó y, al ver la extraña fila, preguntó:

—¿Por qué están todos juntos? ¿Puedo ayudar?

Tocó el brazo de la segunda joven y ¡quedó pegado también! Así, los tres seguían al ganso, caminando por el pueblo.

No pasó mucho tiempo antes de que otros dos niños, curiosos, se unieran a la fila. Uno tomó la mano del último, el otro tiró de su camisa. ¡Ahora eran cinco!

Todos reían y el hermano menor, sorprendido, guiaba la marcha con el ganso al frente.

En ese pueblo vivía una joven princesa que nunca reía. Su padre, el rey, había prometido una gran alegría a quien lograra hacerla sonreír.

Al ver la extraña procesión de personas pegadas al ganso, la princesa se asomó a la ventana. ¡Y no pudo contener la risa! Primero una sonrisa, luego una carcajada.

El rey, al escucharla, bajó de inmediato.

—¡Al fin mi hija ha reído! —dijo feliz—. ¿Quién ha causado este milagro?

Todos señalaron al muchacho del ganso de oro.

—¡Tú has hecho reír a mi hija! Ven, quiero agradecerte.

En ese instante, el viejecito del bosque apareció entre la gente y tocó a los que estaban pegados. Al momento, todos quedaron libres.

El ganso de oro agitó sus alas y se posó en medio del jardín, mientras la sonrisa de la princesa brillaba como el sol.

Esa noche, desde la ventana, el hermano menor miró el ganso de oro dormir tranquilo bajo las estrellas.

El pueblo se fue quedando en silencio, mientras la risa ligera de la princesa flotaba en el aire.