lole Cuentos para niños de 2 a 10 años
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El enano saltarín

Hermanos Grimm
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Tiempo estimado de lectura: 5 min

Había una vez un molinero que, queriendo impresionar al rey, dijo que su hija podía hilar paja y convertirla en oro. El rey, curioso, ordenó llevar a la joven al palacio y la llevó a una habitación llena de paja.

—Si no logras convertir toda esta paja en oro al amanecer, tendrás que quedarte aquí hasta que lo consigas —le dijo el rey.

La joven se quedó sola y miró la paja… No sabía qué hacer. Se sentó y comenzó a llorar. Entonces, de repente, apareció un enano muy pequeño, vestido con ropas coloridas.

—¿Por qué lloras, niña? —preguntó el enano.

—No puedo hilar paja en oro y el rey lo espera —respondió la joven.

—¿Qué me darás si lo hago por ti? —preguntó el enano, con una sonrisa traviesa.

—Te daré mi collar —dijo la joven.

—Trato hecho —respondió el enano.

El enano saltó al ruedo, tomó la rueca y, en poco tiempo, toda la paja se transformó en hilos de oro brillante. Cuando amaneció, el rey quedó tan sorprendido que llevó a la joven a una sala aún más grande, llena de más paja.

—Si logras convertir toda esta paja en oro para mañana, te recompensaré mucho —dijo el rey.

La joven se sintió aún más angustiada y, de nuevo, comenzó a llorar. En ese instante, el enano volvió a aparecer.

—¿Qué me das esta vez si convierto la paja en oro? —preguntó el enano.

—Mi anillo —respondió la joven, quitándose un anillo de su dedo.

—Trato hecho —dijo el enano.

Otra vez, el enano saltó, giró la rueca y la paja desapareció, dejando montones de oro reluciente. Por la mañana, el rey no podía creerlo. Entonces llevó a la joven a una sala aún más grande, llena de paja hasta el techo.

—Si logras este milagro una vez más, te convertirás en reina —dijo el rey.

Cuando la joven se quedó sola, el enano apareció por tercera vez.

—¿Qué me darás esta vez? —preguntó el enano.

—Ya no tengo nada más que darte —dijo la joven, preocupada.

—Entonces, prométeme que cuando seas reina me darás tu primer hijo —dijo el enano.

Ella dudó, pero al final aceptó, pensando que nunca sucedería.

El enano tejió la paja en oro una vez más y, al día siguiente, el rey cumplió su palabra: se casó con la joven y, con el tiempo, tuvieron un bebé.

Un día, el enano regresó y le recordó su promesa. La joven, asustada, le suplicó que no se llevara a su hijo.

—Te daré tres días para adivinar mi nombre —dijo el enano—. Si lo logras, te quedarás con tu hijo.

La joven pensó y pensó. Probó muchos nombres, pero ninguno era correcto.

El primer día, la reina le ofreció todos los nombres que conocía.

—No, no te acercas —respondió el enano.

El segundo día, buscó nombres aún más raros y se los dijo uno a uno.

—No, no es mi nombre —respondió el enano.

El tercer día, un mensajero regresó del bosque y le contó que había visto a un enano bailando y cantando:

—¡Hoy horneo, mañana bebo, y pasado mañana el pequeño me será dado, pues nadie sabe que me llamo Rumpelstiltskin!

La joven, al ver entrar al enano, sonrió.

—¿Te llamas Pedro? —preguntó.

—No.

—¿Te llamas Martín?

—No.

—¿Te llamas Rumpelstiltskin? —dijo finalmente la reina.

—¡Eso no puede ser! —gritó el enano, saltando de rabia.

El enano se fue corriendo y nunca más volvió a aparecer en el palacio.

La reina abrazó a su bebé, mientras la luz del sol se colaba por la ventana.

El oro brillaba en las estanterías y, en la distancia, se escuchaba una risa lejana que se perdía en el bosque.

Al caer la noche, la reina acunó a su hijo y ambos se quedaron dormidos, envueltos en silencio.