lole Cuentos para niños de 2 a 10 años
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Dédalo e Ícaro

Mitología griega
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Tiempo estimado de lectura: 5 min

Hace mucho, mucho tiempo, en la isla de Creta, vivía un hombre muy ingenioso llamado Dédalo, famoso por sus inventos y construcciones. Pero, aunque era sabio, Dédalo y su hijo Ícaro estaban atrapados en la isla, encerrados en una torre alta, pues el rey no quería que escaparan.

Un día, mientras miraban el mar azul y las olas rompiendo contra las rocas, Dédalo tuvo una idea.

—Ícaro, he observado cómo las aves surcan el cielo. Si logramos construir alas como las suyas, podríamos volar lejos de aquí.

Así, padre e hijo comenzaron a juntar plumas que encontraban en la torre y las pegaban una a una con cera de abejas. Dédalo trabajaba con mucho cuidado, enseñando a Ícaro cómo ordenar las plumas, grandes primero y luego las pequeñas, hasta formar dos pares de alas.

—Ícaro, debes escucharme bien. Cuando volemos, no subas demasiado alto, porque el sol derretirá la cera. Tampoco bajes mucho, pues el agua la humedecerá. Mantente a mi lado.

Ícaro asintió, aunque sus ojos brillaban de emoción y curiosidad. Por fin, llegó el día de la huida.

—¿Listo? —preguntó Dédalo.

—¡Listo! —respondió Ícaro, con el corazón latiendo fuerte.

Dédalo ajustó las alas en los hombros de Ícaro y se colocó las suyas. Se acercaron al borde de la torre. Ambos respiraron profundo. Dédalo abrió los brazos y saltó primero, mostrando el camino. Ícaro lo siguió, sintiendo el viento en la cara y la emoción de volar por primera vez.

Por un momento, todo fue maravilla. Ícaro vio los campos, los barcos en el agua, las nubes tan cerca, y rió de alegría.

—¡Padre, estamos volando! ¡Estamos volando de verdad!

—Recuerda lo que te dije, hijo. No subas más.

Pero Ícaro, sintiendo el aire y la libertad, comenzó a batir las alas con fuerza. Subió un poco más, y luego un poco más. Sentía que podía tocar el cielo.

—Ícaro, ¡baja! Quédate a mi lado —le pidió Dédalo.

—Solo un poco más arriba, padre. Mira lo alto que puedo volar.

De pronto, Ícaro sintió el calor del sol en la espalda. Vio que la cera de sus alas comenzaba a gotear. Se acordó, entonces, de las palabras de su padre.

—¡Oh, no! —exclamó, mirando cómo las plumas pequeñas se soltaban y volaban como copos de nieve.

Sintió miedo. Bajó rápido, buscando la sombra de su padre.

—Ven, Ícaro, no temas. Vuélvete hacia mí.

Ícaro descendió. Sintió que las alas aún le respondían y, poco a poco, regresó al lado de Dédalo. Cuando estuvo junto a él, las plumas rotas flotando tras de sí, se sintió a salvo.

—Padre, casi pierdo las alas. No debí desobedecerte.

—Todos cometemos errores, hijo. Lo importante es aprender de ellos y saber escuchar.

Así, volaron juntos sobre el mar, cuidando uno del otro. Pasaron cerca de los acantilados, donde las gaviotas los acompañaron un tramo, y cruzaron islas pequeñas, donde los pescadores los saludaban desde sus botes.

Finalmente, vieron tierra firme a lo lejos. Los dos estaban cansados, pero no dejaron de mirarse el uno al otro, asegurándose de que todo estuviera bien.

—Un poco más, hijo. Ya casi llegamos.

—Sí, padre. Esta vez no te perderé de vista.

Sus pies tocaron la orilla de una playa dorada. Se quitaron las alas, agradecidos. Ícaro se sentó en la arena, el sol tibio en su cara, y miró a Dédalo, que sonrió orgulloso.

El mar seguía sonando detrás de ellos, suave y tranquilo. En la arena, Ícaro dibujó alas con sus dedos, mientras las gaviotas planeaban sobre las olas. El viento movía las plumas que aún quedaban en la playa, y el padre e hijo se recostaron, viendo el cielo claro y vasto, soñando con nuevos inventos y aventuras.