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Simbad era un joven curioso que vivía en Bagdad. Escuchaba historias de marineros y soñaba con aventuras. Un día, decidió que quería ver el mundo más allá de su ciudad. Vendió algunas de sus cosas y se unió a un barco que salía hacia tierras lejanas.
El barco navegó durante días. Simbad se asomaba a la cubierta y miraba el horizonte, asombrado por el mar inmenso. Una mañana, divisaron una isla cubierta de árboles y flores. Todos pensaron que era un buen lugar para descansar.
Bajaron del barco y se sentaron bajo la sombra de un gran árbol. Comieron, bebieron y muchos se quedaron dormidos. Simbad se apartó un poco, explorando. De pronto, el suelo comenzó a temblar suavemente.
— ¿Qué sucede aquí? —pensó Simbad.
El temblor aumentó. Simbad notó que la "isla" tenía escamas enormes. Miró hacia el mar y vio que el barco se alejaba rápidamente. Los marineros gritaban y agitaban los brazos.
— ¡No es una isla! ¡Es un pez gigante! —gritó Simbad.
Todos se asustaron y corrieron hacia el barco. Pero ya estaba demasiado lejos. El gran pez, aburrido de tener gente encima, se zambulló en el agua y todos cayeron al mar.
Simbad nadó con todas sus fuerzas. Logró agarrarse a un trozo de madera que flotaba y se dejó llevar por la corriente. El sol brilló fuerte y Simbad se sintió muy cansado, pero no perdió la esperanza.
Al poco tiempo, llegó a una playa. Exhausto, se recostó en la arena. Al abrir los ojos, vio árboles llenos de frutas. Comió un poco y se sintió mejor. Caminó y caminó hasta que encontró un arroyo de agua fresca.
Esa noche, durmió bajo un árbol y soñó con su hogar en Bagdad.
A la mañana siguiente, Simbad siguió explorando la isla. De repente, vio algo reluciente entre unas piedras. Se acercó y encontró diamantes y piedras preciosas por todas partes. Simbad recordaba haber oído hablar de islas misteriosas donde las gemas crecían como plantas.
Pero la verdadera sorpresa llegó cuando vio una enorme serpiente deslizándose entre los árboles. Simbad se escondió tras unas rocas, temblando un poco, pero se mantuvo callado y quieto. La serpiente pasó de largo y se alejó.
Cuando Simbad se sintió a salvo, siguió caminando hasta que escuchó unos gritos en la distancia. Se acercó y vio a un grupo de comerciantes que recolectaban piedras preciosas. Ellos también estaban sorprendidos de verlo.
— ¿Quién eres y cómo llegaste aquí? —preguntó uno de los comerciantes.
— Soy Simbad, vengo de Bagdad. Me quedé varado aquí después de que mi barco me dejara— respondió él, tratando de sonar valiente.
— ¡Ven con nosotros! —dijo otro—. Pronto regresaremos al continente.
Simbad se unió al grupo. Pasaron varios días recolectando gemas. Simbad ayudaba en todo lo que podía y pronto se hizo amigo de todos.
Una tarde, vieron un barco acercándose. Los comerciantes lo saludaron agitando pañuelos y el capitán aceptó llevarlos. Simbad subió a bordo, feliz de volver a navegar.
En el barco, Simbad compartió su historia. Todos escucharon atentos, asombrados por su aventura. Cuando llegaron a un puerto, Simbad tomó su parte de piedras preciosas y agradeció al capitán y a los comerciantes por su ayuda.
De regreso en Bagdad, Simbad entró a su casa con una sonrisa y un saco lleno de tesoros. Pero lo que más valía para él era la historia de su primer viaje y el recuerdo de haber enfrentado peligros con su propia decisión y valentía.
Aquella noche, Simbad se quedó mirando las estrellas desde su ventana. Escuchó a lo lejos el canto de un vendedor ambulante... y el suave murmullo de las olas que todavía recordaba.
Cerró los ojos, y en sus sueños, el mar seguía llamándolo.