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Érase una vez una leñadora y un leñador que vivían en una pequeña cabaña junto al bosque. Todos los días iban juntos a trabajar, cortando leña para vender en el pueblo. No tenían mucho, pero se querían y se ayudaban en todo.
Un día, mientras cortaban un árbol, la leñadora vio algo brillar entre las raíces. Se agachó y, para su sorpresa, descubrió un duendecillo con un sombrero muy puntiagudo, atrapado por una rama.
—¡Ayúdenme, por favor! —pidió el duendecillo—. Si me liberan, les concederé tres deseos.
Sin dudarlo, la leñadora levantó la rama.
—¡Gracias! —exclamó el duendecillo—. Ahora tienen tres deseos. Úsenlos bien.
El duendecillo desapareció con un saltito. La leñadora y el leñador se miraron asombrados.
—¿De verdad fue un duende? —susurró el leñador.
—Creo que sí —respondió la leñadora—. ¡Tenemos tres deseos!
Caminaron emocionados de regreso a casa, pensando qué pedir. Antes de entrar, la leñadora puso la tetera al fuego y se sentaron a decidir.
—Podríamos pedir una gran casa, comida para toda la vida, o... —empezó el leñador.
—O salud, o viajes, o... —añadió la leñadora—. Hay tantas cosas.
Pero mientras hablaban, el aroma de la leña y el cansancio de todo el día hicieron que la leñadora, sin pensarlo, dijera en voz alta:
—¡Ay, cómo me gustaría tener ahora mismo una salchicha para cenar!
En ese instante, ¡puf!, apareció una salchicha caliente sobre la mesa.
—¡Oh, no! —dijo el leñador—. ¡Gastamos un deseo por una salchicha!
—Fue sin pensarlo… —susurró la leñadora, llevándose las manos a la cara.
—¡Qué tontería! —refunfuñó el leñador—. Ojalá la salchicha se te pegara a la nariz, por imprudente.
Y en ese momento, ¡puf!, la salchicha se pegó a la nariz de la leñadora. Ella trató de quitársela, pero no podía.
—¡Ay, ay! —gritó la leñadora—. ¡No puedo soltarla!
—¡Perdón, lo dije sin querer! —exclamó el leñador, preocupado—. ¿Qué hacemos ahora?
Intentaron tirar, jalar, girar, pero la salchicha seguía pegada.
—Nos queda un solo deseo —dijo la leñadora, muy seria—. ¿Pedimos una gran fortuna y me quedo con esto en la cara? ¿O pido que la salchicha se suelte?
—Prefiero verte sonreír que vivir en un palacio —contestó el leñador, mirándola a los ojos.
—Entonces, pido que la salchicha se desprenda de mi nariz —dijo la leñadora.
Y en ese momento, ¡puf!, la salchicha cayó sobre la mesa. Los dos se miraron en silencio y luego, cansados, empezaron a reírse.
—Bueno, querida —dijo el leñador—, tuvimos tres deseos y terminamos igual que antes... solo que con una salchicha de más.
La leñadora cortó la salchicha en dos, sirvió el té y cenaron juntos, dándole gracias al duendecillo aunque solo fuera por esa cena especial.
Esa noche, la cabaña brilló con la luz de la lámpara y dos voces riendo entre bocados. Afuera, el viento movía suavemente las ramas.
Y, ya muy tarde, solo se oía el suave murmullo del bosque y el crujido de la leña apagándose en el hogar.