lole Cuentos para niños de 2 a 10 años
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El barón de Münchhausen

Rudolf Erich Raspe
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Tiempo estimado de lectura: 5 min

Dicen que en Alemania vivía un hombre muy especial: el barón de Münchhausen. Nadie contaba historias como él. Cuando se sentaba junto al fuego, todos esperaban en silencio. El barón siempre tenía una aventura increíble que compartir.

Una noche, comenzó así:

—Una vez cabalgué por los bosques nevados de Rusia. La nieve cubría el mundo como una manta blanca. Mi caballo y yo avanzábamos con dificultad. Me perdí entre los árboles. Para no helarme, até a mi caballo a lo que creí que era un pequeño poste que sobresalía de la nieve. Me envolví en mi capa y dormí.

Al despertar, el sol brillaba. La nieve había desaparecido. Busqué mi caballo… ¡Estaba colgando de la rama más alta de un árbol! Lo que yo creía un poste era la copa de un gran roble, oculto por la nevada. Con mucho cuidado, trepé y logré bajarlo ileso.

Todos rieron y aplaudieron. Pero el barón no había terminado.

—Otra vez, durante una batalla, una bala de cañón pasó zumbando a mi lado. Ni corto ni perezoso, salté sobre ella y cabalgué por el aire. Desde allí arriba, vi el campo de batalla como nunca antes. Cuando la bala empezó a caer, di un salto y aterricé justo del otro lado del río, sano y salvo.

Los niños se miraban asombrados.

—¿Y conocen la historia del lobo hambriento? —preguntó el barón.

Todos negaron con la cabeza.

—Una tarde, cabalgaba por las estepas con mi fiel caballo. Un lobo enorme nos seguía, cada vez más cerca. No quería lastimarlo, pero tampoco que nos alcanzara. Pensé rápido. Cuando el lobo saltó para atraparnos, tiré mi gorro al suelo. El lobo se detuvo a olfatearlo y, mientras tanto, galopé más rápido. Así logré dejarlo atrás, y cuando miré hacia atrás, el lobo seguía olfateando mi gorro, confundido.

Todos reían, pero una niña preguntó:

—Barón, ¿alguna vez atrapó una liebre gigante?

—Por supuesto —respondió el barón, sonriendo—. Un día, vi una liebre tan grande como un ternero. Corrí tras ella, pero era más rápida que el viento. Entonces, lancé mi bastón como si fuera un boomerang. Dio la vuelta en el aire y cayó justo frente a la liebre, que se asustó tanto que saltó directo a mis brazos. Después, la dejé ir, porque era muy simpática.

El fuego chisporroteaba y el barón seguía contando.

—Una vez, atrapé un ciervo usando solo una cereza. Había salido de cacería sin nada, salvo un puñado de cerezas. Vi un ciervo y lancé una en su dirección, con tan buena puntería que se le quedó atorada en los cuernos. Meses después, lo encontré de nuevo. ¡Le habían crecido ramas de cerezo en la cabeza! El ciervo corría tan rápido que la gente del pueblo se asombraba al verlo pasar, cubierto de flores y frutos.

Los niños aplaudían cada vez más fuerte. El barón se acomodó la chaqueta y miró al grupo.

—Pero la aventura más grande fue cuando fui tragado por un enorme pez en el mar. Dentro, todo era oscuro, pero recordé que tenía una caja de fósforos. Encendí uno y vi que había también un marinero y su bote. Entre los dos empujamos las costillas del pez hasta que se abrió una rendija y salimos nadando. El pez, asustado, se alejó nadando rápido y nunca volvió.

Al terminar, una voz pidió una historia más. El barón alzó una mano.

—Está bien, una última —dijo—. Una vez, mi caballo y yo caímos en un pantano tan profundo que solo se veía mi coleta. Pensé rápido: me agarré de mi propia coleta y tiré con tanta fuerza que logré sacarnos a ambos del lodo, sanos y secos.

Los niños se rieron sin parar. El fuego se fue apagando poco a poco. El barón se levantó, tomó su sombrero y saludó.

Esa noche, el barón de Münchhausen salió caminando despacio bajo las estrellas.

En la sala solo quedó el eco de las risas y el crujir de un leño en la chimenea.

Afuera, una liebre se detuvo un momento, como escuchando, y luego desapareció entre los árboles.