lole Cuentos para niños de 2 a 10 años
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Las tres hilanderas

Hermanos Grimm
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Tiempo estimado de lectura: 4 min

Había una vez una niña llamada Clara, que vivía con su madre en una casita modesta. Un día, la madre se enojó porque Clara no era muy rápida hilando lana y, en su enfado, la regañó justo cuando pasaba la reina por el pueblo.

—¿Por qué le hablas así a tu hija? —preguntó la reina.

—Porque no para de hilar, Su Majestad. ¡No hay quien le gane! —mintió la madre, queriendo impresionar.

—¡Eso es maravilloso! —exclamó la reina—. Ven conmigo al palacio. Allí tendrás toda la lana que puedas hilar.

Clara fue llevada al castillo y conducida a una habitación llena de montones de lino. La reina le dijo:

—Si puedes hilar todo esto en tres días, tendrás un gran premio. Si no, volverás a tu casa.

Cuando Clara se quedó sola, se puso triste. No sabía cómo iba a hilar tanta lana. De pronto, tres mujeres extrañas aparecieron en la habitación. Una tenía un pie enorme, la otra un labio muy grande y la tercera unos dedos largos como ramas.

—¿Por qué lloras? —preguntó la mujer de los dedos largos.

Clara explicó su problema y las tres mujeres sonrieron.

—Si nos dejas ir a tu fiesta cuando termines, nosotras hilaríamos todo por ti —dijo la del pie grande.

—Sí, sí, lo prometo —respondió Clara.

Las tres hilanderas se sentaron junto a la rueca. El pie grande hacía girar la rueda, el labio húmedo mojaba el hilo y los dedos largos enrollaban la hebra. En poco tiempo, toda la lana estaba hilada.

Al día siguiente, pasó lo mismo. La reina trajo más lino, Clara volvió a preocuparse y las tres mujeres regresaron.

—¿Todavía quieres nuestra ayuda? —preguntó la de los dedos largos.

—Por favor, no sé qué haría sin ustedes —susurró Clara.

Otra vez, en silencio, hilaron toda la lana.

Al tercer día, llegó el último montón. La reina sonrió al dejarlo:

—Si terminas hoy, puedes quedarte en palacio todo el tiempo que quieras.

Clara llamó de nuevo a las tres mujeres.

—¿Lista para el final? —dijo la de los dedos largos.

—Sí. Esta vez, quiero aprender también —contestó Clara, decidida.

Se sentó junto a ellas y miró cómo hilaban, aprendiendo sus movimientos. Al anochecer, todo el lino estaba hilado y enrollado en bobinas.

La reina estaba tan sorprendida que organizó una gran fiesta para Clara. Justo cuando empezó el banquete, las tres hilanderas aparecieron en la puerta.

—¿Nos invitas, como prometiste? —preguntó la del labio grande.

—¡Por supuesto! —exclamó Clara, feliz de verlas.

Todos los invitados miraron a las extrañas mujeres. Unas tenían los pies enormes, otras los labios o los dedos larguísimos. La reina preguntó:

—¿Por qué son así?

—Tanto hilar, así quedamos —respondieron las tres al unísono.

—¡Nunca más hilarás, Clara! —exclamó la reina, tapándose la boca sorprendida.

Todos rieron alegres y la fiesta siguió con música y aplausos. Las tres hilanderas bailaron en círculo, sus sombras grandes bailando en las paredes.

Cuando la noche terminó, Clara miró la luna por la ventana y vio a sus tres amigas alejándose, saludando con la mano. La luz de la sala se fue apagando entre risas suaves, y el eco de los pasos se perdió por el pasillo.