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Hace mucho tiempo, cuando el mundo era joven y las personas recién comenzaban a poblar la tierra, vivía una joven llamada Pandora. Ella era curiosa, alegre y le encantaba descubrir cosas nuevas. Un día, Pandora recibió un regalo muy especial: una caja misteriosa, decorada con extraños dibujos y cerrada con una tapa brillante.
Pandora miró la caja desde todos los ángulos, preguntándose qué habría dentro. Junto a ella vivía Epimeteo, su buen amigo, quien cada día le recordaba:
—Recuerda, Pandora, nos dijeron que nunca debemos abrir esta caja.
Pandora asintió, pero no pudo evitar sentir curiosidad. Cada vez que pasaba junto a la caja, parecía susurrarle.
—¿Qué habrá dentro? ¿Por qué no puedo mirar? —se preguntaba Pandora en voz baja.
Los días pasaron y la caja seguía ahí. Pandora intentó distraerse: recogía flores, paseaba por el bosque, inventaba canciones... pero la caja siempre regresaba a sus pensamientos.
Un día, Pandora decidió que solo levantaría un poco la tapa, solo para echar un vistazo. Nadie lo sabría y, después de todo, ¿qué daño podía hacer? Así que esperó a que Epimeteo saliera a buscar leña, y en cuanto se quedó sola, se acercó a la caja.
Pandora tocó la tapa. Estaba fría y ligera. Su corazón latía rápido. Tomó aire y, muy despacio, levantó apenas la tapa.
De repente, de la caja comenzaron a salir pequeños remolinos oscuros, rápidos como el viento. Eran cosas extrañas, invisibles pero pesadas: la tristeza, el enojo, la enfermedad y el miedo. En un instante, llenaron la habitación y salieron volando hacia el mundo.
—¡Oh, no! —susurró Pandora, cerrando la caja de golpe—. ¿Qué he hecho?
Pandora se sintió muy apenada. No sabía cómo pedir disculpas, ni cómo arreglar aquello. Se sentó junto a la caja y, por primera vez, deseó no haber sido tan curiosa.
Epimeteo regresó y encontró a Pandora con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Por qué lloras? —preguntó Epimeteo.
Pandora le contó lo que había pasado, sin ocultar nada. Epimeteo la escuchó con atención y la abrazó.
—A todos nos pasa tener curiosidad —dijo—. Pero mira, la caja sigue haciendo un sonido... como si algo más quisiera salir.
Pandora acercó su oído a la caja y, en efecto, oyó un suave susurro desde adentro. Dudó un momento, pero decidió abrir apenas la tapa, solo un poquito.
Al hacerlo, salió de la caja una luz suave y cálida que llenó la habitación. Era la Esperanza, que voló y se posó en la mano de Pandora.
—Gracias por dejarme salir —susurró la Esperanza—. Aunque el mundo ahora tiene dificultades, mientras yo esté aquí, las personas nunca perderán la ilusión.
Pandora sonrió, aliviada. Sintió cómo la luz le llenaba el corazón de calma. Cerró la caja de nuevo y miró a Epimeteo.
—¿Ves? A veces, incluso de los errores, puede salir algo bueno.
Desde ese día, Pandora cuidó la pequeña caja. Nunca volvió a abrirla, pero la Esperanza se quedó con ella y con todos los que la necesitaban.
Por la ventana entraba la luz del sol, y Pandora la veía danzar en las paredes. Afuera, el viento movía las hojas de los árboles, y se oía el murmullo suave de la Esperanza en el aire.
Aquella noche, Pandora descansó con la caja junto a su cama, y la luz suave de la Esperanza brilló hasta que ella se quedó dormida.