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En las profundidades del océano vivía una joven sirenita con el cabello tan claro como la espuma y los ojos llenos de curiosidad. Siempre soñaba con el mundo de los humanos, ese lugar misterioso que veía desde lejos cada vez que subía a la superficie.
Una noche, la sirenita nadó hasta el borde del agua y vio un barco iluminado con cientos de luces. Allí, sobre la cubierta, un joven príncipe bailaba y reía con sus amigos. De pronto, el viento sopló fuerte y el barco se tambaleó sobre las olas. La sirenita vio al príncipe caer al agua y sin pensarlo, nadó rápido para ayudarlo. Lo tomó en sus brazos y lo llevó hasta la orilla.
El príncipe no despertaba, así que la sirenita cantó una suave melodía hasta que unos humanos se acercaron. La sirenita se escondió tras una roca, observando cómo lo ayudaban. El príncipe abrió los ojos, pero no vio a su salvadora. La sirenita sintió una mezcla de alegría y tristeza, y esa noche volvió al mar pensando en él.
Desde ese día, la sirenita no dejaba de pensar en el príncipe y en el mundo de los humanos. Subía cada tarde para verlo, aunque nunca se atrevía a acercarse. Un día, decidió visitar a la bruja del mar, famosa por sus hechizos.
—¿Qué buscas, pequeña sirena? —preguntó la bruja.
—Quiero tener pies como los humanos y poder bailar —respondió la sirenita.
—Puedo darte lo que pides —dijo la bruja—, pero tendrás que dejar tu voz a cambio. Si el príncipe no te ama, volverás a ser sirena y regresarás al mar con los tuyos.
La sirenita pensó en su familia, en el mar y en su sueño. Con valentía, aceptó el trato. Sintió una extraña magia recorrer su cuerpo y, al despertar, tenía piernas en lugar de cola. Pero cuando intentó hablar, no pudo emitir ningún sonido.
Caminó hasta el palacio del príncipe, que la recibió con amabilidad. Él no reconoció a la sirenita como su salvadora, pero la cuidó como a una amiga especial. La sirenita bailaba para él cada noche y juntos paseaban por los jardines. Aunque no podía hablar, sonreía y el príncipe se sentía feliz a su lado.
El tiempo pasaba y la sirenita cada vez extrañaba más el mar. Sus hermanas subían a la superficie para verla.
—Nos haces falta, hermanita —le decían las hermanas, moviendo sus colas plateadas.
La sirenita miraba al mar y sentía nostalgia, pero también cariño por el príncipe y el mundo humano.
Un día, el príncipe anunció que debía casarse con una joven princesa de otro reino. El corazón de la sirenita se encogió, pero sabía que no podía cambiar lo que sentía el príncipe. Esa noche, sus hermanas aparecieron de nuevo, llevando consigo un secreto de la bruja del mar.
—Si regresas con nosotras al mar antes de que salga el sol, tendrás de nuevo tu voz y tu cola —le susurraron—. Pero si te quedas, serás siempre muda y humana.
La sirenita miró al príncipe, que dormía tranquilo en su cama, y luego miró el mar, donde sus hermanas la esperaban. Recordó las historias que le contaban de pequeña, las canciones de las profundidades y los juegos entre corales.
Sin hacer ruido, la sirenita caminó hacia la orilla. El viento movía su cabello, y la espuma rozaba sus pies humanos. Dio un paso más y sintió cómo el agua la llamaba, suave y prometedora.
En ese instante, una ola más grande que todas la envolvió y, mientras el agua la rodeaba, sintió cómo su voz volvía y su cola resplandecía.
—¡Estoy en casa! —cantó la sirenita, su melodía llenando todo el mar.
Sus hermanas la abrazaron con alegría. Juntas bailaron entre las burbujas, rodeadas de estrellas de mar y algas brillantes.
Bajo la luz de la luna, la sirenita nadó junto a su familia. Muy lejos, las luces del palacio se veían pequeñas como luciérnagas.
Mientras las olas bailaban, la sirenita giraba alegre entre ellas. Sus risas viajaban por el agua, tan suaves que los delfines se acercaban a escuchar.
Y si alguna vez te asomas al mar en una noche serena, tal vez escuches su canto mezclado con el vaivén de las olas.