lole Cuentos para niños de 2 a 10 años
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El pincel mágico

Tradicional chino
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Tiempo estimado de lectura: 4 min

Ma Liang era un niño que vivía en un pueblito tranquilo, rodeado de campos verdes. Le encantaba dibujar, pero como no tenía pinceles, usaba un palito y agua para pintar en la tierra. Soñaba con poder hacer cuadros reales, pero su familia era pobre y no podía comprarle pinturas.

Una noche, mientras dormía, Ma Liang soñó que un anciano le entregaba un pincel dorado.

—Usa este pincel con bondad —le dijo el anciano—. Solo pinta para ayudar a los que lo necesiten.

Ma Liang despertó y, para su sorpresa, el pincel mágico estaba a su lado. Sin esperar, lo probó en un papel viejo, dibujando un pájaro. Al instante, el pájaro cobró vida y voló fuera de la ventana.

Asombrado, Ma Liang pintó un pez para la vecina, que no tenía qué comer. El pez saltó al balde con agua y nadó alegremente. Después, pintó una cuerda para el granjero, y la cuerda apareció de verdad, fuerte como él necesitaba.

Pronto, todos en el pueblo supieron del pincel mágico de Ma Liang. Venían a pedirle ayuda, y él siempre pintaba solo lo necesario: comida, herramientas, leña para los días fríos.

Pero un hombre rico y mandón del pueblo escuchó los rumores y pensó:

—¡Ese pincel tiene que ser mío! Con él pintaré oro y plata para mí solo.

Envió a sus guardias para traer a Ma Liang. El niño fue llevado al gran salón, donde el hombre rico lo esperaba.

—Píntame una montaña de oro ahora mismo —le ordenó.

—Este pincel solo pinta para ayudar a la gente buena —respondió Ma Liang.

—Si no lo haces, te encerraré —gruñó el hombre rico.

Ma Liang se negó. El hombre rico, enfadado, le quitó el pincel y trató de pintar él mismo. Pero nada de lo que dibujaba se volvía real: los lingotes de oro se quedaban en el papel, inmóviles. El hombre rico se enojó más y regresó a buscar a Ma Liang.

—Pinta para mí, o no saldrás de aquí —exigió.

—Solo si me dejas libre después —dijo Ma Liang.

—¡Está bien! Pero primero, pinta un barco grande para que yo navegue hacia la montaña de oro.

Entonces Ma Liang tomó el pincel mágico y empezó a pintar. Pintó un barco enorme, con velas brillantes y una escalera larga.

—¡Más grande! —ordenaba el hombre rico.

Ma Liang pintó más alto el mástil, más largas las velas.

—¡Ahora la montaña de oro, rápido!

Ma Liang pintó una montaña dorada lejos, muy lejos, casi perdida en el horizonte.

—¡Quiero llegar ya! ¡Pinta viento fuerte!

Ma Liang pintó nubes y viento que hinchó las velas.

—¡Más viento! ¡Más rápido! —gritó el hombre rico.

Pero el barco se alejó tan rápido que el hombre rico y sus guardias no pudieron detenerlo. Muy pronto, desaparecieron en el horizonte, navegando sin rumbo, cada vez más lejos.

Ma Liang guardó el pincel mágico y regresó a su pueblo, donde todos le recibieron con abrazos y sonrisas.

Desde entonces, Ma Liang pintaba solo para ayudar. Si alguien necesitaba un techo, pintaba tejas. Si faltaba pan, pintaba espigas doradas.

Al anochecer, Ma Liang se sentaba a mirar las estrellas, con el pincel mágico a su lado.

Un pajarito de colores volaba sobre su cabeza y se posaba tranquilo en su ventana.

Y en la casa de Ma Liang, la luz de la lámpara brillaba suave hasta que todos, por fin, se dormían.