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Había una vez un perro juguetón que encontró un hueso muy grande en el parque. Lo tomó con orgullo entre sus dientes y comenzó a caminar feliz hacia su casa.
Mientras cruzaba un pequeño puente sobre el río, miró hacia abajo y vio el agua brillante. De repente, notó algo curioso: otro perro, con un hueso igual de grande, lo miraba desde el agua.
—¡Ese hueso se ve delicioso! —pensó el perro—. ¡Debo tenerlo también!
El perro miró fijamente su reflejo, sin entender que era él mismo. Caminó un poco más despacio y abrió la boca para intentar quitarle el hueso al otro perro.
Pero, al abrir la boca, su propio hueso cayó y se hundió en el río. El agua hizo un suave chapoteo y el hueso desapareció.
—¡Oh, no! —ladró el perro, mirando el agua—. ¡Mi hueso!
Se quedó quieto, mirando las ondas que crecían en el río. El reflejo desapareció y no hubo más huesos, ni perros, ni nada más que agua que se movía despacio.
El perro se sentó en el borde del puente y suspiró. Miró sus patas y luego el agua. Por un momento, pensó en lanzarse, pero decidió que eso no era buena idea.
—La próxima vez cuidaré mejor lo que tengo —pensó el perro, moviendo la cola con decisión.
Caminó de regreso al parque, olfateando aquí y allá, buscando con paciencia algo más para llevar a casa. Pronto encontró una ramita y la tomó entre sus dientes, feliz con su nuevo tesoro.
El perro cruzó de nuevo el puente, esta vez sin mirar el agua, y siguió su camino.
Al llegar a su casa, dejó la ramita junto a la puerta. Luego se echó bajo el sol, cerró los ojos y dejó que el viento le moviera las orejas.
Si pasabas por allí, podías ver al perro dormido, con la ramita a su lado y una pequeña sonrisa en el hocico.