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Había una vez un mono que vivía en un frondoso árbol junto al río. Sus ramas estaban llenas de frutos dulces, y el mono era feliz saltando de un lado a otro, comiendo y cantando.
Un día, mientras el mono comía, vio que un cocodrilo asomaba la cabeza desde el agua.
—¡Hola, mono! —saludó el cocodrilo.
El mono se detuvo y lo miró curioso.
—Hola, cocodrilo. ¿Qué haces tan cerca de la orilla?
—Tengo mucha hambre y nada para comer... —respondió el cocodrilo—. Todo lo que veo son piedras y más piedras.
El mono miró sus frutos, los más jugosos que colgaban justo a su lado.
—¿Nunca has probado estos frutos? —preguntó el mono—. Son deliciosos.
—Nunca he comido frutos así —dijo el cocodrilo.
El mono entonces lanzó algunos frutos al río. El cocodrilo los atrapó con su enorme boca y los saboreó feliz.
—¡Son los mejores que he probado! Muchas gracias, mono.
Desde ese día, el mono y el cocodrilo se volvieron amigos. Cada día, el mono le lanzaba frutos, y el cocodrilo se iba nadando contento.
Un tiempo después, la esposa del cocodrilo escuchó hablar tanto del mono, que ella también quiso probar esos frutos tan dulces.
—¿Por qué no me traes algunos frutos del árbol del mono? —le pidió.
El cocodrilo regresó al río y le contó al mono lo que su esposa quería.
—¿Podrías darme más frutos para llevarle a mi esposa? —pidió el cocodrilo.
—Por supuesto —dijo el mono—. Toma todos los que necesites.
El mono llenó la boca del cocodrilo con frutos, y él nadó de vuelta a su familia.
Pero la esposa del cocodrilo, después de probar los frutos, pensó en voz alta:
—Si estos frutos son tan buenos, quizás el corazón del mono sea aún más dulce. ¿Por qué no lo invitas a pasear para que lo conozca?
El cocodrilo dudó, pero fue a ver al mono.
—Amigo mono, ¿no quieres conocer a mi esposa? Hay una isla en el medio del río, llena de mangos y nueces que seguro te encantarán.
—Me gustaría conocerla, pero no sé nadar.
—Súbete sobre mi lomo. Yo te llevo.
El mono dudó un momento, pero aceptó. Se subió a la espalda del cocodrilo y comenzaron a cruzar el río.
Cuando estaban en medio del agua, el cocodrilo bajó la voz.
—Amigo mono, en verdad mi esposa quiere probar tu corazón, porque cree que debe ser tan dulce como los frutos.
El mono se quedó callado un instante, entonces pensó con rapidez.
—¡Oh, cocodrilo! Si me hubieras avisado antes, habría traído mi corazón conmigo. ¿No sabías que lo dejo guardado en la rama más alta del árbol cuando bajo al río?
—¡Oh, no lo sabía! —dijo el cocodrilo sorprendido.
—Si me llevas de regreso, te lo traigo y se lo das a tu esposa.
—¡Buena idea! —respondió el cocodrilo, girando en el agua.
Al llegar al árbol, el mono saltó ágilmente a su rama y miró abajo.
—¡Gracias por el paseo, cocodrilo! Pero mi corazón está aquí, conmigo, ¡y no lo dejaré nunca!
—¿Me engañaste? —preguntó el cocodrilo, avergonzado.
—Nunca debes poner a prueba la amistad de alguien con trampas —dijo el mono.
El cocodrilo se marchó, y el mono volvió a saltar entre las ramas, más sabio y alegre que nunca.
Esa tarde, el mono colgó sus patas del árbol y miró el río en silencio. El agua llevaba hojas doradas bajo la luz y, en la rama más alta, un fruto maduro brillaba como una estrella.