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Había una vez un burro que vivía cerca del bosque y siempre soñaba con ser tan valiente como un león. Un día, el burro encontró en el suelo una vieja piel de león. La miró, la olió, y pensó:
—Si me pongo esta piel, todos creerán que soy un verdadero león.
Así que el burro se acomodó la piel sobre su lomo y, sintiéndose fuerte, entró caminando al bosque. Los conejos lo vieron y salieron corriendo.
—¡Es un león! —gritaron mientras huían.
El burro se sintió más valiente. Caminó un poco más y se encontró con un grupo de ciervos.
—¡Un león! —exclamaron los ciervos, y también corrieron a esconderse.
El burro, feliz por el susto que causaba, decidió ir al claro del bosque, donde pastaban ovejas.
—¡Cuidado, viene el león! —baló una oveja, y todas se dispersaron por el campo.
El burro con piel de león estaba tan contento que quiso reírse fuerte. Abrió la boca y soltó un gran rebuzno:
—¡Iaaa, iaaa, iaaa!
Todos los animales se detuvieron. Miraron al “león” y escucharon ese sonido tan conocido. Pronto, se dieron cuenta de que no era un león, sino el burro disfrazado.
—¡Ese no es un león, es el burro con una piel encima! —dijo una ardilla, dando saltitos.
Los animales, ahora tranquilos, salieron de sus escondites. El burro, un poco avergonzado, se quitó la piel de león.
—Yo solo quería sentirme valiente —dijo el burro, mirando al suelo.
—No necesitas disfrazarte para ser valiente —le dijo una cabra acercándose—. Ya eres especial tal como eres.
El burro sonrió. Los animales del bosque se acercaron y lo invitaron a jugar.
Esa tarde, el burro corrió y brincó entre las hojas. La piel de león quedó en el suelo, olvidada. Al caer el sol, todos se acomodaron bajo un gran árbol, y el burro, feliz, rodó sobre la hierba, escuchando las voces suaves de sus amigos.