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Había una vez un pescador pobre que salía cada mañana a lanzar su red al mar. Vivía solo y su única compañía era una vieja cesta de mimbre. Un día, al amanecer, fue hasta la orilla y lanzó su red una vez. Solo sacó algas y barro.
Volvió a intentarlo y la segunda vez atrapó una piedra cubierta de conchas. Se limpió el sudor de la frente y no se dio por vencido. Por tercera vez lanzó la red y sacó un trozo de vidrio brillante. Suspiró, cansado, y decidió tirar la red una cuarta vez.
Esta vez, la red salió pesada. El pescador se asomó y vio que había atrapado una jarra de cobre, muy vieja y cubierta de tierra. No parecía tener valor, pero pensó que podría venderla. Sacó un cuchillo y empezó a frotar la tapa para abrirla.
De pronto, la tapa saltó y de la jarra comenzó a salir un humo espeso que subió, subió, hasta que formó la figura de un genio enorme.
—¡Al fin libre! —dijo el genio, estirando los brazos—. Llevo siglos encerrado en esta jarra.
El pescador se echó hacia atrás, asustado pero curioso.
—Señor genio, ¿quién eres y por qué estabas ahí? —preguntó.
—Fui encerrado por mi travesura —explicó el genio—. Al principio, juré que quien me liberara recibiría riquezas. Pero pasaron los años, me enfadé y ahora solo deseo asustar a todo el que me encuentre.
El pescador pensó rápido. No quería enfrentarse al genio, así que decidió usar su ingenio.
—Tú eres tan grande... —dijo—. ¿Cómo pudiste caber en una jarra tan pequeña?
—¿No lo crees? Mira —respondió el genio.
El genio se transformó en humo otra vez y comenzó a meterse de nuevo en la jarra, hasta que todo su cuerpo estuvo dentro. El pescador aprovechó, tapó la jarra con rapidez y la selló bien fuerte.
—¡Eso estuvo cerca! —murmuró el pescador—. Pero, amigo genio, no quiero que te quedes ahí para siempre.
—Déjame salir —pidió el genio desde dentro de la jarra—. Te prometo que esta vez no haré daño. He aprendido la lección.
El pescador dudó. Pero pensó que todos pueden cambiar si se les da una oportunidad. Así que, con mucho cuidado, destapó la jarra.
Una vez más, el humo salió girando y el genio apareció delante de él, pero esta vez, en vez de ser amenazante, se inclinó agradecido.
—Has sido más listo que yo, pescador —admitió el genio—. Por tu astucia y tu bondad, te concederé un deseo. Elige bien.
—No quiero oro ni joyas —dijo el pescador—. Solo deseo tener comida suficiente cada día y salud para trabajar.
—Concedido —sonrió el genio—. Cada vez que tires tu red, el mar te dará pesca abundante, pero nunca más de lo que puedas llevar.
El pescador agradeció y vio cómo el genio se desvanecía en una nube de humo, perdiéndose en el aire.
Desde aquel día, el pescador lanzó su red al mar y siempre volvía con peces frescos para él y para compartir con sus vecinos. Nunca acumuló más de lo necesario y aprendió que la astucia y la generosidad pueden más que la fuerza y el enojo.
Por las tardes, después de vender su pesca, el pescador se sentaba en la arena, mirando cómo las olas jugaban con la luz del sol.
La vieja jarra, ahora limpia, descansaba a su lado, brillando suavemente bajo los últimos rayos del día.
Y, cuentan, cuando el viento sopla desde el mar, la tapa de la jarra tintinea, como si el genio riera bajito, agradecido.